La necesidad de su casamiento con Huberto le hizo intolerable la vida durante un minuto, y por un impulso de piedad hacia Juan, agitada por confusos pensamientos contradictorios, murmuró:
—¡Pobre joven, pobre joven! Si me ama con todas las nobles energías de su hermosa naturaleza, ¡qué cruel será el despertar, y cuánto vacío y desesperación dejará tras sí!...
Y brotaron lágrimas de sus ojos, semejantes a las de Juan, originadas por un mismo dolor secreto; lágrimas del esclavo de las leyes, de las convenciones sociales, que siente sus cadenas, sufre las heridas que ellas causan y llora su libertad.
Cuando algunas horas después, Juan bajó a comer, en el umbral del salón se sintió desfallecer. Detrás de aquella puerta iba a encontrarse con la mujer de quien había querido huir y cuyo imperioso recuerdo lo poseía. ¡Ah, cómo le acosaba y llenaba todo su ser, la querida visión! Pero también era bien suya, únicamente suya, la amada que lo acompañaba a todas partes, que aparecía deslumbrante y fascinadora ante sus ojos alucinados. Habitaba en su corazón aquella María Teresa de sus ensueños, y nada podría separarlos jamás, ni la ausencia, ni el espesor de los muros, ni la distancia de los caminos... ¡Pero iba a ver a la otra, la verdadera, a quien tenía que felicitar porque pronto sería la señora de Huberto Martholl!...
Al ver entrar a Juan, una singular emoción sintió María Teresa. Él, muy pálido, se aproximó y tomando la mano que ella le tendía:
—María Teresa...—comenzó.
Pero aprovechando la vacilación de Juan, una fuerza inconsciente impulsó a la joven a cortarle la palabra, para ahorrarle el sufrimiento de pronunciar la frase que adivinaba.
—¡Al fin, ha venido usted, Juan!—dijo casi alegremente.—Todos estamos contentos por su regreso. ¿Era necesario que mi padre estuviera enfermo para que usted se decidiera a volver?
—Veo que usted ha notado mi ausencia. Muchas gracias.
La señora Aubry, que hacía un momento miraba al joven con atención, interrumpió inocentemente la respuesta de la joven, diciendo a Juan con afección: