—Tú has trabajado demasiado allá. Te encuentro muy delgado, hijo mío.

—No es nada, he estado un poco enfermo.

—¿Y por qué no has venido a nuestro lado para hacerte cuidar? Es muy mal hecho. ¿No soy ya tu madre?

Juan envió a la señora Aubry una sonrisa de ternura; luego, deseoso de que no se ocupasen más de él, dijo:

—Usted me manifestó que el señor Aubry había estado muy agitado. Después que hemos hablado juntos, creo que se ha calmado. Si yo pudiera conseguir que se tranquilizase del todo...

—¿Por qué está tan inquieto mi marido?

—Sucede una cosa que puede tener consecuencias graves: el banco Raynaud Hermanos ha quebrado, y el señor Aubry tenía allí una gruesa suma, toda la parte líquida de su fortuna, creo.

—¿Es posible? yo no sabía nada... ¿Tú tampoco, Jaime?

—No, madre, lo sé en este momento ¿ese desastre nos perjudica mucho?

—Me lo temo. Desde hace algunos meses, no sé exactamente lo que pasa en el escritorio, no puedo, pues, decir nada preciso; sin embargo, no me sorprendería que el señor Aubry hubiera hecho importantes depósitos en esa casa, después de mi partida. Como las explicaciones que quiere darme a este respecto son causa de agitación para él, no me atrevo a interrogarlo. Es de lamentarse que esta catástrofe nos hiera en el momento mismo que acabamos de hacer grandes gastos en ensayos de cristalería antigua.