—¡Era tiempo! Felizmente no los hemos esperado, que si no, perdíamos el primer acto, que es precioso. ¿Por qué tardaron tanto?

—Hasta el último minuto, mi hermana no sabía si vendría...

—¡Todo es bien, si bien termina, Jaime!—respondió alegremente Martholl, instalando a María Teresa entre su tía y Diana.

Como mirara a las dos jóvenes, no pudo contenerse de decir, dirigiéndose a su novia:

—¿No encuentra usted que su prima está interesantísima esta noche?

Diana estaba, en efecto, muy elegante con un traje blanco, discretamente escotado. Al oír estas palabras de alabanza, no pudo disimular una sonrisa de triunfo.

Mientras la cumplimentaba, Huberto, habiendo examinado a su novia con ojo escrutador, añadió en el mismo tono que habría empleado para reprochar una incalificable falta de corrección:

—¿Por qué se ha puesto usted este vestido tan sombrío? Su toilette está algo fuera de lugar aquí, en una noche de estreno.

En efecto, María Teresa, en sus preocupaciones hasta el momento de salir, no había pensado en ponerse un traje de gala.

Ofendida por esta observación, que consideraba inoportuna, la joven replicó con viveza: