—Deme, al menos, la pobre satisfacción de hacerme creer que le sirvo para algo.
María Teresa calló, convencida de que cuanto dijera en adelante, sería para Juan motivo de tristeza.
—¿Jaime le acompañará, sin duda?—interrogó el joven.
María Teresa no había pensado en eso; reflexionó y aprobó la idea.
—¡Tiene usted razón! Así será mejor... Voy a prevenir a mi hermano. De esta manera, mi tía no tendrá que esperarme, nos reuniremos en el teatro, y después, si yo quiero salir antes del fin del espectáculo, podré hacerlo. ¡Gracias por su idea, Juan!
Y en una expansión cordial le tendió la mano para darle el adiós; él la estrechó débilmente en la suya.
Esta observación de Juan, que le sugería una combinación práctica, que la hacía libre de sus actos durante la noche, probaba una vez más a María Teresa la importancia que sus menores acciones tenían para su amigo.
El telón caía, terminando el primer acto, cuando María Teresa y Jaime hacían abrir el palco de Huberto.
Al entrar fueron recibidos por las exclamaciones de Huberto, de la señora Gardanne y de su hija.
—¡Al fin llega usted!—dijo Martholl, ayudando a María Teresa a quitarse el abrigo, mientras su tía agregaba: