Luego, dirigiéndose a María Teresa:
—Usted ve que puede ir sin temor: le ruego que así lo haga, a fin de probarme su confianza en mí.
—Y bien, anda a vestirte, hija mía—aconsejó la señora Aubry.—Juan insiste tan afectuosamente, que tenemos que aceptar. Despáchate ligero. Entretanto, voy a hacer subir a tu tía, debe dormirse en su coche, y le haré compañía; nos encontrarás en el salón chico.
La señora Aubry bajó a los departamentos de recepción.
María Teresa quedó sola con Juan. Vacilante todavía, le preguntó después de un corto silencio:
—¿No le choca a usted que vaya al teatro?
—Absolutamente, es muy natural. Además, siempre me ha gustado verla divertirse.
—¡Oh! este estreno no es para mí una diversión, inquieta como estoy por la salud de mi padre...
—Entonces, supongo que no es por la pieza por la que va al teatro esta noche...—no pudo dejar de decir Juan.
Pero se detuvo, algo avergonzado, no sabiendo cómo terminar su frase sin ironía, y agregó con voz diferente, de arrepentimiento: