Hasta la noche María Teresa se ocupó en cuidar al señor Aubry, cuyo estado de fiebre y de debilidad continuaba siendo el mismo.

La noche estaba muy adelantada cuando Juan llegó, con aire preocupado. Algunos minutos después, la señora Gardanne hacía decir a su sobrina que la esperaba abajo, en su coche.

—¡Oh, cuánto me cuesta ir!—exclamó María Teresa,—y, sobre todo, dejarte sola aquí, mamá.

—Pero su mamá no quedará sola, puesto que yo estoy aquí—dijo Juan.—Además, he venido esta noche con la intención de exigir que ustedes descansen; yo velaré solo a su papá; hoy es mi turno.

—Querido Juan—intervino la señora Aubry,—tú trabajas bastante de día, me opongo, absolutamente, a que te prives del sueño.

—Me paso muy bien durmiendo poco, y nunca me he sentido fatigado. Después, que me quede aquí o en casa, es lo mismo, tengo que examinar estos papeles durante toda la noche.

Y Juan mostró un grueso paquete.

—El tiempo apremia, es necesario que yo me dé cuenta exacta de la situación; hay aquí trabajo para varias noches. En todo caso, puede usted estar segura de que el asunto se arreglará, y permítanme tener la satisfacción de serle doblemente útil a mi protector.

—Puesto que lo quieres, amigo mío...—dijo la señora Aubry.

—Voy a instalarme en su cuarto, y estoy cierto que dormirá, a pesar del resplandor de mi lámpara: mi presencia lo calma.