—Ha sido usted muy amable en acordarse de mi deseo, pero no puedo ir, no tengo ninguna gana de divertirme hoy.

El joven hizo un gesto de contrariedad.

—Sus inquietudes me parecen un poco exageradas, querida amiga. No hay motivo suficiente para que usted se atormente hasta ese punto. Usted puede muy bien ausentarse por dos horas. En suma, su papá no tiene más que un simple ataque de fiebre, resultado de una gran fatiga; no corre peligro alguno; hay aquí bastantes personas para cuidarlo. Piense también en mí, en el placer que tendría en que fuese esta noche al teatro.—María Teresa quedó desagradablemente sorprendida de la manera como hablaba su novio, de la ligereza con que acogía sus inquietudes, y respondió:

—¿Acaso se sabe el nombre de una enfermedad que comienza? Casi todas principian con los mismos síntomas. El médico mismo, no puede decir nada.

—Espere, entonces, para manifestar tales alarmas.

—Tengo miedo; a veces los malos se agravan de pronto—murmuró tristemente la joven.

Luego, creyendo haber encontrado un argumento decisivo, añadió:

—Además, estoy segura que mamá no querrá salir de casa.

—Todo puede arreglarse—propuso Huberto conciliante,—ofreceré dos sillas en el palco a la señora Gardanne y a su hija. Venga, le ruego, María Teresa, me contrariaría mucho que usted faltase a este estreno.

—Me cuesta mucho rehusar, puesto que ha sido por mí por quien usted ha tomado el palco... En fin, puesto que desea tanto mi presencia, tenga prevenida a mi tía; pero no prometo ir, sino en el caso de que mi padre no se empeore.