Su voz se hacía angustiosa; María Teresa, entristecida de verlo forzado a darle estas penosas felicitaciones, en un impulso de piedad le tomó la mano que apoyaba en el respaldo de un sillón, y reteniéndola entre las suyas, pronunció con una entonación de ternura que la sorprendió a ella misma:
—Gracias, Juan. Yo sé que no tengo mejor ni más seguro amigo que usted, y esta seguridad es una gran satisfacción para mí, se lo juro...
Juan retrocedió bruscamente; pero esta vez, ella no se admiró y sabiendo que nada más le diría, se alejó.
Algunos minutos después, vinieron a avisar al joven que el enfermo lo llamaba; la señora Aubry intervino, inquieta:
—Mi querido Juan, si le hablas de asuntos esta tarde va a agitarse y no dormirá en toda la noche.
—No tema nada, querida señora, voy a tranquilizarlo; es mejor, casi, que lo vea antes de irme. Cuando haya concluido de explicarme todo, se encontrará más calmado.
Pero la conversación fue larga y no terminó hasta muy entrada la noche.
A la mañana siguiente, el estado del enfermo se resentía del esfuerzo cerebral que había hecho para poner a Juan al corriente de la situación; la fiebre aumentó, y María Teresa empezó a inquietarse seriamente.
Martholl, cuando vino a hacer su visita habitual la encontró en esta triste disposición de espíritu. Después de haberle hecho algunas preguntas triviales sobre la salud de su padre, Huberto opinó con desenvoltura que debía ser un malestar pasajero del que no había por qué inquietarse demasiado; en seguida, con aire indiferente pasó a otros asuntos.
—¡Ah!—exclamó de pronto,—he tomado para esta noche un palco en el Teatro Francés. Hoy es ese estreno que usted deseaba ver.