¿Por qué, pues, aquel amor no la sostenía en las horas de prueba? ¿Por qué no era su refugio en los momentos sombríos?
No podía admitir que, al pedir su mano, Huberto procediese por vanidad. ¡No! no podía creerlo. Y sin embargo, ¡cuánto vacío no dejaba en su alma el amor de su novio! ¡Ah! ¡cómo habría agradecido que le murmurase palabras de consuelo! ¿Qué barrera contenía en él esas expansiones tan naturales entre dos seres destinados el uno al otro? Si no le demostraba compasión en su desgracia ¿cuál era la causa? Sin duda, la naturaleza poco sensible del joven no lo incitaba a profundizar la pena que ella sentía, ante las fatalidades que amenazaban a los seres más caros a su corazón. Pero ella misma ¿no tenía algo que reprocharse? ¿Se había confiado a él como a un amigo y protector, en quien se busca amparo y consuelo en el dolor? No; en vez de revelarle sus angustias se había contentado con escuchar distraídamente las frases de salón y las historias de club que, en su inconsciencia, Huberto no consideraba inoportuno referirle. En justicia, se reconoció algo culpable. Así, pues, tomó la resolución de demostrarse más afectuosa en sus próximas entrevistas. Sería, sin duda, el mejor medio de excitar la sensibilidad latente que, no quería dudarlo, debía haber en él.
Con el espíritu lleno de estas ideas, se dirigió al cuarto de su padre; pero, cuando estuvo a su lado, todas sus preocupaciones desaparecieron ante el sentimiento, punzante como un dolor físico, de su impotencia para cuidar al querido enfermo. En la semioscuridad entreveía aquella faz pálida y demacrada, con una expresión de sufrimiento que alteraba, hasta hacerla desconocida, su amada fisonomía. El señor Aubry no salía de un profundo sopor, y María Teresa pasó las lentas horas del día velando aquella somnolencia. Al empezar la noche, se agitó, y pidió con insistencia que llamaran a Juan. María Teresa experimentó un singular alivio cuando apareció el joven, como si su presencia constituyera el soberano remedio.
Desde el umbral de la puerta, Juan tuvo que responder a las interrogaciones febriles del señor Aubry. Oyéndolos hablar de negocios, la joven se retiró y bajó al salón para esperar a su prometido que debía llegar a comer con ella.
Algunos minutos después, Huberto llegaba de frac, como era su costumbre. Aun en la intimidad de aquellas comidas de familia, no se desprendía de las formas convencionales de los centros mundanos. El molde de impecabilidad social que se había impuesto, le había hecho perder el sentido íntimo y familiar de la existencia. Aun a solas con su novia, no se desarmaba, y su conversación se refería generalmente a todas las manifestaciones de la vida elegante y del sport.
Las primeras palabras que dirigió a la joven no eran las más apropiadas para animarla a abrirle su corazón, como se había propuesto. Antes de que ella se hubiese sentado a su lado, Huberto comenzó con aire alegre:
—Estoy encantado; esta tarde he ensayado mi automóvil. Es una joya, usted verá; vuela y hace sus sesenta kilómetros por hora. ¡Mañana temprano vengo a buscarlas! Iremos a Versalles, almorzaremos en el camino.
—Pero usted sabe bien que mi madre y yo no podemos salir—dijo María Teresa, que, para permanecer fiel a su programa, no se formalizó por la falta de memoria de Huberto, respecto a la enfermedad de su padre.
Y se aproximó a él, cariñosa y afable, tratando de provocar el incidente sobre el cual contaba para dar más expansión y afectuosidad a sus conversaciones.
En ese momento se abrió la puerta del salón y Juan entró.