Bruscamente, tuvo bajo sus ojos este grupo: María Teresa, al lado de su prometido, sentados en un sillón, e inclinada hacia él, en tanto que Huberto estrechaba en su mano la mano de la joven. El pobre Juan tembló, pero por un esfuerzo de voluntad se dominó; ¿no era aquél un espectáculo al que debía habituarse?

María Teresa bastante turbada presentó a los dos jóvenes, aunque ya se conocían de Etretat. Huberto saludó sin levantarse. Para él, Juan no era más que un empleado. La joven advirtió esta actitud, se ofendió y queriendo evitar a Juan una humillación, trató de distraer su atención preguntándole vivamente:

—¡Y bien! Juan ¿cómo ha dejado usted a mi padre?

—Está muy nervioso. He bajado para substraerme a sus preguntas. Me veo obligado a contestarle; eso lo fatiga; no quiero decirle nada más esta tarde. Como voy a comer con ustedes, su señora madre me ha aconsejado que me refugie aquí. ¿No incomodo?

—¡Absolutamente, amigo mío!—se apresuró a contestar María Teresa.

Hablando, Juan se acercó a una mesa, tomó de ella unos diarios, y se aisló en un rincón del vasto salón. Probó a leer, pero la hoja temblaba en sus manos. Ante su impotencia para dominarse, estuvo indeciso entre el deseo de marcharse para no ver a los novios, y el temor de parecer ridículo abandonando el salón porque ellos estaban allí.

La entrada de la señora Aubry y de Jaime lo sacó de apuro.

—Amigo mío—dijo Huberto a este último,—si yo hubiera sabido dónde encontrarlo hoy, habría ido a buscarlo; he ensayado mi máquina, es una maravilla.

—Desgraciadamente, yo trabajaba y no habría podido aceptar su amable invitación. Paso los días trabajando, lo cual no es divertido.

En seguida volviéndose hacia Juan, Jaime continuó: