—Y bien, amigo, ¿qué hay de nuevo hoy? Vas a tranquilizarnos o a aumentar nuestras alarmas.
La señora Aubry se acercó también al joven.
—No tienes aire de satisfecho, hijo mío. ¿Se complican las cosas?
Juan respondió en voz baja, pero Huberto, al fijarse en aquellas interrogaciones cuyas respuestas no había oído, recordó las frases inquietantes de la señora Gardanne, haciendo alusión a un asunto que podía ser perjudicial para su hermano.
Durante la comida, Huberto hizo hábilmente algunas preguntas las cuales fueron contestadas evasivamente, pues en el fondo todos estaban más preocupados de la salud del señor Aubry que de su situación comercial. En cuanto a Juan, hacía lo posible por soportar valerosamente su sufrimiento moral, para que nadie lo sospechase; ¿no debía, acaso, acostumbrarse a la idea de ver a otro al lado de la que amaba? Para escapar a su suplicio, no tenía siquiera el derecho de huir: todo lo ataba a aquella casa, en aquel momento en que dos sombras amenazadoras se cernían sobre ella: la ruina y la muerte. Su deber estaba allí, no podía substraerse a esta ineludible tarea.
Para olvidar la penosa hora presente, haciendo abstracción de la situación en que se encontraba, se absorbió en el doloroso problema de los acontecimientos que iban a surgir y que era necesario evitar a toda costa. Sí, lucharía, intentaría supremos esfuerzos, y esto, sobre todo, por María Teresa, a fin de ahorrarle un pesar, una preocupación, una lágrima. Fue todo lo que se le ocurrió para consolarse de la persistencia con que ella dirigía hacia otro, la brillante luz de sus ojos.
Después de comer, la señora Aubry, muy fatigada por su tarea de enfermera, se adormeció en un sillón. Jaime subió a acompañar a su padre, y los dos prometidos, no obstante los esfuerzos de María Teresa para atraer a Juan a una conversación entre los tres, concluyeron por refugiarse en un rincón del salón.
Entonces Juan tomó un libro y leyó a la claridad de una lámpara; pero pronto sucumbió a la irresistible tentación de mirar a los que el destino irónico ponía a su frente para torturarle.
—Es necesario—se decía,—que me resigne a verlos con ojos impasibles, y que me acostumbre a la idea de verlos luego unidos por lazos más estrechos aún. Nunca me habituaré a este sufrimiento, si lo huyo siempre.
Dejó su libro; se creía fuerte y dueño de sus sensaciones, en tanto que fijaba sobre los novios ojos de loco. Pensando que María Teresa estaba demasiado ocupada para fijarse en él, no trataba de disimular la turbación que le agitaba.