Fácil era notar todos los sentimientos que pasaban bajo aquella máscara de un ser apasionado y simple, asolado por un amor contra el que su voluntad nada podía. Como Juan se hallaba en plena luz, ninguna contracción de sus rasgos escapó, en breve, a María Teresa; comprendió la emoción intensa y dolorosa que le hacía vibrar ante sus menores ademanes y los de Huberto. Incapaz de continuar haciendo sufrir a Juan semejante suplicio, María Teresa se levantó.

—¡Soy muy mala dueña de casa, señores! Puesto que mamá duerme podemos pasar al salón chico. Venga usted con nosotros, Juan, voy a tocar una pieza de Mozart en el clavicordio de María Antonieta. Cerraremos la puerta para que las débiles notas del clavicordio no se oigan en el piso de arriba.

El salón chico era precioso con su tapicería Luis XVI de muaré blanco rayado de azul pálido, sus muebles de vieja laca de coromandel y sus largos espejos colocados sobre delicadas consolas.

—Van ustedes a penetrarse—dijo la joven abriendo el viejo instrumento,—qué lindo sonido tiene todavía.

Mientras Juan, que los había seguido, buscaba el medio de hacerse olvidar, Martholl se instalaba al lado de María Teresa, emitiendo algunas reflexiones de conocedor sobre las cosas que adornaban el salón.

—¿Es por herencia como tienen ustedes este instrumento, y saben si realmente ha estado en algún Trianón?

—¿Usted ignora, entonces, que no existen clavicordios de la época, que no hayan pertenecido a la Reina? Supongo que éste no escapa a la ley común, y aunque proviene simplemente de la venta de un coleccionista célebre, cultivo piadosamente esta leyenda, cuya autenticidad tiene por suprema garantía mi propia autoridad reforzada con la del profano vendedor.

La joven se puso a tocar un Lied de Mozart, y después cantó la romanza de Martini «Placer de amor».

Las notas volaban como suspiros, su timbre antiguo hacía más adorable aquel canto entonado por una voz fresca.

Juan, cerrados los ojos, saboreaba el encanto de aquella melodía de antaño, que parecía el eco lejano de un pasado muerto.