Se sentía triste hasta derramar lágrimas.
Un grito de espanto de la joven lo arrancó a su sueño doloroso. Abrió los ojos, y vio cerca de María Teresa una llama ondulante que subía hasta el techo.
Un doble movimiento, arrojó en sentido inverso a Juan y a Huberto. Mientras éste tocaba apresuradamente el botón eléctrico, Juan arrancaba la pantalla de vitela que ardía, los papeles de música encendidos a su contacto y, oprimiendo todo entre sus manos, sofocó el fuego.
—¿Ha tenido usted miedo, María Teresa?—preguntó ansioso.—Yo también. He temido un instante que el tul de sus mangas recibiera alguna chispa.
—No, no tengo nada, gracias, Juan—respondió la joven.
Luego miró riéndose a Martholl que venía hacia ella, y añadió, algo maliciosamente:
—¿Qué ha ido usted a hacer cerca de la puerta, en vez de apagar este fuego artificial?
—Pues... llamaba al criado.
En efecto, el criado entraba en este momento; sólo tuvo que recoger los restos carbonizados tirados por el suelo.
—Y si nadie me hubiera socorrido—continuó María Teresa sonriendo,—habría sido víctima de este accidente. No se lo reprocho; pero usted ha querido encender estas bujías de cera que quieren ser de la época, y ha colocado mal la pantalla que usted ha hecho arder.