Luego poniéndose seria y tomando de improviso los puños de Juan:

—¡Muéstreme usted sus manos, estoy cierta que se ha quemado!

Algunas manchas blancas aparecían, en efecto, estirando las manos que María Teresa tenía entre las suyas.

—No es nada—dijo Juan,—un cristalero viejo sabe jugar con el fuego.

—Yo comprendí en seguida que no había ningún peligro—repuso Huberto, tratando de justificarse,—tenía tiempo de llamar, y no me creí obligado a ensuciarme las manos por un apresuramiento inútil. Es ridículo perder la cabeza por tan poca cosa.

—Pero—contestó María Teresa en un tono de suave ironía,—no me habría disgustado verlo desafiar por mí el peligro de tiznarse un poco las manos.

Luego, después de un silencio, añadió:

—Basta por hoy, yo no podría seguir tocando después de semejante emoción. Además es tarde; le pido permiso para despedirlo, Huberto.

Había abierto la puerta del otro salón, y mostrando a su madre dormida cerca de la chimenea:

—Miren a la pobre mamá, no quiero obligarla a quedarse más tiempo aquí. Voy a conducirlo—agregó, viendo que el joven la seguía obediente.