A Juan le pareció que María Teresa permanecía una eternidad en la soledad del vestíbulo.
¿Qué hacían allí? ¿qué le diría aquel hombre que ahora tenía casi derechos sobre ella? No, no, lo presentía, no se curaría nunca de aquellos espantosos celos.
Cuando la joven volvió, quedó asustada del aire desesperado de Juan. Entonces, en su turbación, todos sus proyectos de calma y de frialdad volaron. Un sentimiento que ella creyó ser de piedad, la arrastró de una manera irresistible hacia aquel ser que sufría por ella, y en un arrebato de ternura le preguntó:
—¿Le duelen sus quemaduras, Juan? ¿No? Bueno, vamos a subir juntos ¿quiere, amigo mío?
Había pasado su brazo bajo el de Juan e instintivamente buscaba un apoyo en aquel hombro robusto. Sintiéndose así al lado de él, como en otro tiempo, los recuerdos de su infancia se agolpaban en su mente:
—¿Recuerda el tiempo en que yo era chica? Yo lloraba para que usted me condujera sobre sus espaldas al subir las escaleras; ¡qué triunfo cuando usted cedía a mis caprichos de bebé, usted, el muchacho grande y juicioso!
—¡Que si me acuerdo!—exclamó Juan.
Y mentalmente pensaba:
—¡No sospecha que es de ese pasado de lo que vivo! ¡Ah! si pudiera tenerla así a mi lado, libre todavía!
Para aturdirse, buscó algún recuerdo que evocar: