—¿Y aquel gran látigo que usted se había procurado para pegarme mejor cuando jugábamos a los caballos? Usted decía que pegando fuerte tenía aire de verdadero cochero.
—¡Oh! Juan, ¡cuánto he debido hacerlo sufrir! ¿Por qué soportaba con tanta paciencia aquellos caprichos de niña mimada?
Él, mirándola con infinita ternura, murmuró a pesar suyo:
—¡Jamás, en aquellos minutos, sufrí tan cruelmente como ahora!
María Teresa se estremeció, pero no pudo responder porque la señora Aubry que subía detrás de ellos, los alcanzó para decirle a Juan:
—¿Quieres velar también esta noche, hijo mío? No, esta noche le corresponde a Jaime...
—Voy solamente a ver si mi querido señor no me necesita—respondió Juan sencillamente—y si Jaime no se ha dormido.
Después, estrechó las manos de la señora Aubry y de María Teresa, y se marchó.
XVI
A la mañana siguiente, Huberto recibía un mensaje de su madre invitándolo a pasar por su casa sin demora.