Algo inquieto, se dirigió a la calle Astorg y encontró a la señora Martholl instalada en su gran escritorio. Siempre metódica, terminó primeramente la carta que escribía; en seguida, tendiendo la mano a su hijo:

—Eres exacto, me gusta eso. Siento haberte incomodado tan temprano; pero tenemos cosas serias y urgentes de que ocuparnos. A pesar de mi indicación, tú no te has procurado nuevos informes sobre la casa Aubry.

—No, en efecto—balbuceó Huberto con turbación.

—Es confesar que no tienes en cuenta mi opinión.

—Ya le dije a usted, madre, que los informes que teníamos me parecían decisivos.

—Pues te equivocabas. Hay cosas que nunca son decisivas. En fin, lo que tú no has creído conveniente hacer, yo lo he hecho.

—¿Y qué ha sabido usted de nuevo?

—Que la casa Aubry acaba de ser gravemente perjudicada por un cierto banco Raynaud, y que le costará mucho reponerse del golpe, si se repone.

—¡Ah!—dijo Huberto visiblemente contrariado.

—Estos sucesos concuerdan de una manera singular con la enfermedad del señor Aubry. No estoy distante de creer que esta enfermedad es producida por la conmoción que ha recibido al conocer ese desastre financiero. He sabido también, que la casa Aubry estaba mal preparada para soportar semejante choque; el señor Aubry es menos industrial que artista; parece que el año pasado ha gastado sumas enormes en ensayos. Este terrible suceso lo sorprende, pues, en plena dificultad pecuniaria. He ahí cuál es su situación. Como ves, no es brillante.