—¿Y qué puedo hacer? Me es imposible, decentemente, retirar mi palabra... Además, yo amo a María Teresa.

La señora Martholl miró fríamente a su hijo y pronunció:

—Naturalmente... Yo no te aconsejaría tal villanía. La vida no se compone únicamente de cuestiones de dinero, y un hombre como tú no puede romper su casamiento por tal razón; pero si te es imposible retirarte desde ahora, puedes favorecer los acontecimientos obrando de tal manera que te devuelvan tu palabra. Para llegar a este resultado hay varios medios perfectamente correctos.

Huberto miró a su madre con estupefacción; la conocía como muy hábil, pero aquella astuta previsión lo desconcertaba.

Después de un silencio dijo:

—Le he dicho a usted la verdad, madre. Amo a María Teresa; una ruptura me haría desgraciado.

—Comprendo ese sentimiento—concedió la señora Martholl dueña siempre de sí misma;—está justificado por el encanto de la joven. Pero pongamos la cuestión bajo su verdadero aspecto. Considera un instante que si esa casa, a consecuencia de la catástrofe conocida, hiciera malos negocios, que si para colmo de mala suerte, el señor Aubry llegase a morir, sobrevendría la ruina en breve término. Ahora bien, no se trataría ya de la renta impaga, sino de una joven sin dote, con la perspectiva de tener a su madre a tu cargo. ¿Qué harías tú, entonces, mi pobre Huberto? No serían tus ocho mil pesos de renta los que bastarían para todo eso y te permitirían llevar la vida tal como tú lo comprendes. Reflexiona, hijo mío, y concluirás por estar de acuerdo conmigo. Es la experiencia, la razón, que me aconsejan hablarte así, por más pesar que sienta de perder tal nuera.

—Y si yo me conformase con su opinión ¿qué sería necesario hacer, según usted, puesto que usted conviene en que no es honrado alegar un motivo tan ruín como el de la cuestión de dinero?

—Habría que dejar correr el tiempo—dijo lentamente la señora Martholl—y encontrar pretextos para prolongar el noviazgo indefinidamente. ¡El tiempo, a menudo, se encarga de dar solución a los problemas más difíciles! Es un gran auxiliar, le tengo gran confianza.

Huberto se separó de su madre, triste y descontento, pero bien decidido a mantener la palabra dada a María Teresa.