—Señores—dijo el alcalde dirigiéndose a los miembros de la comisión,—hemos concluido; pueden ustedes retirarse. Voy a ocuparme de este niño.
Y cuando se quedó solo con Juan, continuó sus interrogaciones.
—¿Te gusta trabajar de carpintero?
—¡Uf! ¿si me gusta?... el patrón es muy duro, cuando se emborracha pega fuerte.
Juan no ha olvidado aún la mirada llena de ternura con que el señor Aubry lo contempló durante largo tiempo, mirada penetrante y buena, que le dio valor.
—Ven acá, Juan Durand. Puesto que el oficio de carpintero no te gusta ¿quieres que yo sea tu patrón?
—¿Usted?
—Sí, yo.
Juan recuerda que dijo con desenfado:
—Pero si usted es el señor alcalde, no puede ser mi patrón...