Durante sus visitas, que hacía sucesivamente más cortas, evitaba con habilidad toda alusión a los acontecimientos desagradables que habían perjudicado la cristalería. Un día, sin embargo, encontró a su prometida tan visiblemente apesadumbrada, que le fue imposible dejar de preguntarle la causa:
—¿Qué tiene usted, María Teresa? Se diría que usted ha llorado...
—Es cierto, he llorado. ¡Es tan doloroso ver sufrir a un hombre tan enérgico como papá! Ha pasado por las más grandes pruebas con valor, y ahí está, abatido por la enfermedad. Lo que más me hace sufrir, es la idea de que su estado se agrava por las preocupaciones. ¿Sabe usted, Huberto, que los asuntos de la cristalería van mal? Esa quiebra de Raynaud nos ocasiona pérdidas considerables, y es triste para mi padre ver la obra de toda su vida puesta en peligro por la falta de un especulador imprudente. Comprendo cuánto sufre mi padre; estoy segura que por nosotros, se desespera al ver su fortuna quebrantada. ¡Dios mío! ¡qué importa el dinero! ¡Creo que yo me pasaría fácilmente sin él, con tal de conservar a mi lado a los que amo!... Es todo lo que deseo...
Obligado por la nueva actitud que se había impuesto, Huberto permaneció frío.
Cuando reprochó a su madre su exceso de desconfianza, se conocía mal. A su vez él la abrigaba también hasta el punto de quedar impasible, correcto, ante tanta aflicción. El giro que tomaba la conversación, lo sumió en molesta perplejidad, y, sin embargo, las palabras francas y sencillas de la joven despertaron en él sentimientos bastante caballerescos, pero contra los cuales se apresuró a luchar, consiguiendo triunfar.
Si hasta entonces no había sido desconfiado ahora lo era; separándose de las regiones sentimentales a que lo conducía, a pesar suyo, el desinterés expresado por María Teresa, entró pronto en consideraciones que juzgó llenas de perspicacia. En efecto, ¿por qué su prometida le confiaba por primera vez los quebrantos de dinero que afectaban a su padre? ¿No era aquello una maniobra hábil, a fin de prepararlo a la idea de casarse sin dote? Quizá quería enternecerlo con lágrimas, y arrancarle protestas y juramentos que lo ligaran más. ¡Las jóvenes son a veces tan astutas! Era imposible que habiendo vivido en el lujo desde su infancia, María Teresa se mostrase tan indiferente por la pérdida de su fortuna. Y de inducción en inducción, Huberto se convenció de la verdad de las hipótesis sugeridas por su egoísmo desconfiado.
—No pisaré la trampa—se dijo.
Sintió alguna vanidad en justificar lo dueño que era de sí y de los acontecimientos, y se creyó estar al abrigo de los desfallecimientos de su sensibilidad. ¡No! no sería el ingenuo susceptible de caer en un lazo, aunque este lazo le fuese tendido por la más seductora de las mujeres. Ahora bien, como era incapaz de efectuar la doble operación de juzgar fríamente la situación y de encontrar palabras de consuelo para aliviar el pesar de la joven, no supo qué decir, y se contentó con dar a su fisonomía de hombre de mundo bien educado, una expresión de compasión.
María Teresa que no comprendía aquellos movimientos de alma, no podía, en su lealtad, penetrar el sordo trabajo de la defección. Absorta en sus punzantes inquietudes, continuó pensando en alta voz:
—No sé lo que va a suceder. Felizmente, Juan conoce a fondo el asunto y asegura que sólo se trata de un momento difícil, del cual saldremos con la frente alta. A mí lo único que me preocupa es la enfermedad de mi padre, y todo lo que deseo es que se restablezca pronto. En cuanto a lo demás suceda lo que Dios quiera.