Huberto encontró por fin algo que le interesaba esencialmente decir. Con voz tierna, cuyas entonaciones musicales eran destinadas a dulcificar la significación de las palabras, como una buena salsa disimula un mal manjar, dijo:

—Tiene usted razón, María Teresa, de preocuparse únicamente de la salud del señor de Chanzelles. ¿Qué importa lo demás al lado de eso? Sabremos esperar con paciencia días mejores; seguiremos de novios un año... dos años si es necesario.

María Teresa, distraída por sus inquietudes, no atribuyó ninguna importancia a esta proposición hecha en un tono afectuoso.

Durante una hora más, cambiaron palabras triviales, sin apercibirse de que, mientras estaban allí frente a frente, sus dos almas, perdidas en abstracciones diferentes, se encontraban ya lejos, una de otra.

Al dejar a María Teresa, Huberto se hallaba casi contento; se sentía librado de un gran peso. ¿Por qué aquel alivio? Reflexionando, comprendió que había terminado con el período de indecisión que su amor a su novia y algunas veleidades de desinterés por los bienes terrenales, le habían hecho pasar. Acababa de pronunciar las primeras palabras liberadoras. Ahora entraba, sin pesar, sin esfuerzo, en la senda indicada por la experiencia de su madre.

No había habido violencia; le había bastado dejarse dirigir por los acontecimientos, secundados por su naturaleza egoísta. La solución, bajo la forma de una ruptura probable, que lo asustaba pocos días antes, le parecía hoy casi deseable, lo mismo que necesaria, si los asuntos seguían mal. En ese momento todo iba perfectamente: María Teresa parecía haber consentido en demorar su casamiento hasta una fecha lejana e indecisa. Huberto, satisfecho de aquella vaga determinación, que lo alejaba del cumplimiento de su compromiso, se prometió no precipitarse. Si los asuntos se arreglaban, sería muy feliz casándose con María Teresa; si por el contrario el derrumbe se verificaba, sabría substraerse por medio de alguna última habilidad. Siempre le quedaría el placer de haber sido admitido en la intimidad de aquella joven distinguida, porque era realmente encantadora, ¡tan fina, tan linda!

Sin embargo, hacía unos días mostraba un carácter demasiado inclinado a la melancolía. Desde el principio de la enfermedad de su padre, se afectaba desmedidamente; en la hora actual aquello pasaba de los límites de la piedad filial. A Huberto no le gustaba mucho ver en su novia esa tendencia a dramatizar los hechos, a transformarse, súbitamente y sin pena, en enfermera. ¡Qué diablos! hay que ser razonable; no sería divertido si, una vez casados, tuvieran que suspender el curso ordinario de su existencia porque había algún enfermo en la familia; no deseaba este exceso de sensibilidad en la futura señora Martholl. Quería una mujer que tomase la vida por el buen lado, feliz en gozar del lujo, satisfecha de ser «del mundo» y contenta de divertirse en su compañía. El encanto que lo había retenido al lado de María Teresa, había volado al soplo de la fortuna adversa, y trataba de sustituir a la dulce fisonomía que lo seducía todavía, la de miss Maud Watkinson, bellísima joven americana a quien acababa de ser presentado en casa de la Condesa Husson.

Esa, sí, se interesaba en cuanto puede inventarse de más excitante, en punto de distracciones de toda especie. Si no fuera prometido de María Teresa, le habría agradado buscar la compañía de aquella joven yanki. Se decía que era muy rica; pero, aparte de esta cualidad esencial para él, era protestante y de familia desconocida y no respondía mucho a la segunda parte del programa trazado por la señora Martholl, que no aceptaría jamás a aquella nuera de ultramar.

El recuerdo de miss Maud Watkinson hizo recordar a Huberto que estaba invitado para la mañana siguiente a una partida de sport en que ella debía encontrarse en casa de los Brimont, en Compiegne.

Hacía algún tiempo que, preocupado de las desgracias por que pasaba María Teresa, y creyendo correcto participar de ellas, había vivido en lo que llamaba el retiro; es decir que se había presentado poco en el gran mundo, salvo en el club y en algunas comidas íntimas. Pero las palabras dichas a María Teresa lo desligaban. Evidentemente si su estado de noviazgo debía prolongarse, no podía continuar aquella vida de anacoreta. Por lo pronto había hecho bastantes sacrificios en obsequio a los lazos superficiales que lo unían a la joven; tenía que serle permitido distraerse, y concluyó diciéndose en su fuero interno: