Tuvo que reconocer que su interés por él había estado paralizado durante mucho tiempo por consideraciones completamente exteriores, es decir, porque las maneras de Juan no habían tenido siempre esa elegancia convencional que se encuentra en los hombres de mundo.

Sí, lo reconocía; el exterior de «un cualquiera» la había inducido a ignorar el alma de aquel ser superior. ¡Cuánto deploraba en ese momento su snobismo que tantas veces había contribuido a que prestase atención a los jóvenes según el mérito de apariencias superficiales y fútiles! Juan, por lo demás, no chocaba ya las ideas exageradas que tenía respecto a la necesidad de cierto esmero en el vestir; por lo contrario, la simplicidad elegante del joven le gustaba, se armonizaba con su naturaleza de luchador infatigable, que no economizaba ni su tiempo ni sus fuerzas.

Sentada en el gran sillón, cerca de la cama de su padre, y no pudiendo en aquella oscuridad entregarse a ningún trabajo manual, pasaba estos momentos de ocio forzado, analizando los pensamientos nuevos que nacían en su espíritu.

Mecida por el monótono tic-tac del reloj, apoyaba su cabeza contra el alto respaldo del sillón, dejando errar sus miradas de las llamas de la chimenea a las sombras que bailaban sobre las paredes, y pensaba en Huberto y en Juan.

María Teresa poseía ese sentido crítico, ese espíritu de análisis que sabe deducir de un hecho algo más que el incidente trivial. Desde que los días transcurrían para ella en largas meditaciones, la noche en que los dos jóvenes se habían encontrado, le había venido frecuentemente a la memoria, y la escena de la pantalla incendiada, que la había hecho reír primero, le sugería ahora serias reflexiones.

Toda la oposición de carácter que existía entre aquellos dos hombres se revelaba en la acción impulsiva que cada uno de ellos había tenido, obrando bajo la influencia del instinto. Aquella acción la iluminaba sobre la diferencia completa de sus dos individualidades. En la manera que habían conducido Juan y Huberto en esta circunstancia, sin tiempo para reflexionar, obedecían a la esencia misma de sus naturalezas. María Teresa comprendía que la actitud del uno y del otro era la expresión franca de sus respectivas educaciones. De deducción en deducción, un juicio razonado se formulaba en el espíritu de la joven.

Ciertamente, no dudaba del valor de Huberto, y no exageraba tampoco la importancia del acto de Juan. No era por falta de valor que aquél, concurrente asiduo de las salas de armas, recurría a un criado para apagar papeles inflamados; era simplemente por no efectuar una operación que le parecía indigna de él. A este sentimiento se unía una cierta impotencia física: llamaba en su auxilio por ignorancia, sabiendo menos apagar un fuego que encenderlo.

Existe en las regiones subterráneas, en lo más profundo de las entrañas de la tierra, animalículos que viven y se reproducen en aquellas capas oscuras, y no suben jamás hasta la luz del día. Como madre económica, enemiga del despilfarro, la Naturaleza quita a cada una de sus criaturas los órganos que le son inútiles. Estos habitantes de las regiones tenebrosas, no teniendo necesidad del sentido de la vista, han perdido hasta las trazas de los órganos visuales. Lo mismo sucede en el hombre; en él se transforman y atrofian en lo moral como en lo físico todas las facultades no ejercitadas. Huberto representaba de una manera precisa el tipo del hombre tal cual lo hacen sus hábitos, en una vida de lujo, mecánica y fácil.

María Teresa no llegaba hasta lamentar la desaparición del hombre de las cavernas, defensor de su compañera en el fondo de las grutas, con palo y hacha de piedra; pero veía con sentimiento la degeneración de los hijos de la burguesía, alejados por una educación imprevisora de todo espíritu de iniciativa y de todo esfuerzo individual. En general, en ellos, la energía ha desaparecido, y si se busca esta primordial virtud del hombre, no se la encuentra sino en el alma de los seres forzados a luchar para conquistar un sitio al sol.

Se hallaba en este punto de sus reflexiones, cuando la voz débil del señor Aubry llamó: