—¿María Teresa?
La joven se levantó, e inclinándose sobre el lecho, dijo:
—¿Qué desea usted, padre?
—¿Qué hora es?
—Cerca de las siete.
—¿Cómo es que Juan no ha venido?
La impaciencia del señor Aubry empezaba a manifestarse con la fiebre de la noche, y su enervamiento aumentaba hasta la llegada del joven.
Con voz cariñosa, María Teresa trataba de calmarlo:
—No es tarde, usted sabe que no puede venir hasta las ocho.
—Hoy ha debido hacer algunas diligencias cuyo resultado espero con ansiedad; lo sabe y debía apresurarse.