—No se altere, querido papá—dijo María Teresa poniendo su cara sobre el rostro del enfermo,—Juan llegará pronto.

El señor Aubry miró con dulzura a su hija.

—Mi querida hija, ¡qué trabajo te doy! Soy muy exigente, ¿no es verdad?

—No, papá; solamente que temo que se exaspere. El médico le ha recomendado calma, usted lo sabe; hay que portarse con juicio, papá querido.

El señor Aubry calló un instante, luego dijo:

—Dime, ¿por qué no me hablas de Martholl y por qué no sube a verme?

—Creo que teme fatigarlo a usted.

—¡Ah!—exclamó distraídamente el señor Aubry, que parecía seguir una idea.—¿Pide noticias mías a lo menos? Se me figura que no viene tan a menudo; ahora no te llaman todos los días para recibirlo como en los primeros días de mi enfermedad.

—Ha disminuido sus visitas; sin duda se ha dado cuenta de que yo no tenía tiempo disponible para recibirlo, yo no estoy tranquila sino al lado de usted.

—¿Me dices la verdad, hija mía?—interrogó el señor Aubry con aire triste.