—Sí, padre, ¿por qué esa pregunta?
—Porque... tengo ciertas inquietudes.... quiero hablar con Juan...
—Dígame a mí...
—Sería inútil; Juan será claro; quiero hablar con Juan.
—¿Con Juan?—protestó la joven alarmada.—¡No, padre, se lo ruego, no le hable de Huberto a Juan! ¡Para qué!... ¡Qué puede él saber!...
—Es hombre de buen consejo y necesito saber cosas que él solo... ¿Son las ocho? Anda, ve si ha llegado. Estoy seguro que tu madre o Jaime lo retienen abajo.
—¿No quiere usted que yo me quede?
—No, no, estoy fuerte, no te inquietes inútilmente. Anda, hija mía, y mándame a Juan.
En el momento en que salía del cuarto, María Teresa inclinándose sobre el pasamano de la escalera vio subir a Juan; entonces, preocupada de lo que su padre podía decirle respecto de su novio, y aunque considerase esta acción poco correcta, en su gran deseo de oír, entró precipitadamente en el cuarto de vestir contiguo al dormitorio, y oculta detrás de una cortina, escuchó.
—¡Al fin llegas!—refunfuñó el señor Aubry con voz débil,—¡qué tarde vienes! Sabías que yo debía estar atormentado hoy, esperando tus noticias. Piensa en lo horrible que es mi situación: ¡verme amenazado, y estar aquí, paralizado, incapaz de moverme, y aún de pensar!—añadió llevando las manos a su cabeza, en un ademán de sufrimiento.