—Créame, señor, si usted tuviese más calma, estaría ya en pie.

—¡Más calma, más calma! es fácil de decir. ¿Cómo quieres que asista impasible a la crisis que nos aplasta?

—Desearía que usted tuviera en mí plena confianza—respondió Juan, que evidentemente quería eludir las preguntas sobre asuntos y números.

—¡Ah, mi pobre Juan! tengo absoluta confianza en ti, puedes estar seguro.

—Pues bien; si es así, ¿por qué se inquieta? Le afirmo que conseguiré restablecer nuestro crédito y reponer nuestra casa al estado en que se hallaba, gracias a la fabricación a bajo precio que hemos iniciado. Le suplico cese de atormentarse; estoy seguro del porvenir. Usted debe creerme puesto que yo se lo afirmo; ¿podría yo engañarlo? Los modelos que he hecho fabricar rápidamente, han gustado. Tenemos ya pedidos muy importantes, lo que me ha permitido tomar compromisos a término fijo, para los pagos que a usted lo preocupan. Nuestra antigua venta marcha siempre, y hasta marcha bien; el presente y el porvenir están asegurados; respondo de ello, mi querido señor.

—Tu iniciativa, tu energía me confunden... ¡Ah, tú me salvas, Juan!

—Pero, no, no, nada está en peligro; yo lo ayudo simplemente.

En tanto que el joven hablaba, María Teresa lo contemplaba: ¡cómo había cambiado su fisonomía bajo la triple influencia de los tormentos de su corazón, de su actividad cerebral y de las veladas multiplicadas! Su cara había palidecido; sus grandes ojos negros, brillantes de fiebre, acompañaban singularmente la sonrisa resignada que se dibujaba en su boca. En fin, el alma se revelaba bajo aquella ruda envoltura y daba cierta belleza a su rostro severo. Su voz vibrante, ardiente, tenía gran encanto cuando, como en aquel momento, tomaba un acento de autoridad mezclada de dulzura.

—Está bien, tengo fe en ti—dijo el señor Aubry que se debilitaba.—Tú respondes del porvenir y del presente de la cristalería; pero hay otro presente que me preocupa: me inquieta la situación de mi hija a causa de la falta de esos bribones... Al celebrar sus esponsales, contraje compromisos, y ésos tú no puedes asegurarme que los cumpliré...

—¿Por qué no?—respondió Juan, con gran calma;—sería necesario saber qué compromisos ha contraído usted...