Pero el señor Aubry se exasperaba:

—¿Entonces no comprendes nada? Puedes imaginarte que al realizar esos esponsales, he prometido una dote... Sí, tres mil pesos de renta y sesenta mil en dinero contante. ¿Podré, estando embrollados mis asuntos, retirar todos los años esa renta de la casa?

Juan, ayudando al señor Aubry a incorporarse sobre las almohadas, dijo:

—Podemos arreglarnos de manera que usted cumpla sus promesas sin tocar los rendimientos de la fábrica, indispensables a nuestra producción y a la reconstitución del capital perdido en el banco Raynaud.

—¿Cómo? ¡di pronto!... ¿Por qué medios? Yo he buscado y no he encontrado nada...

—Es muy sencillo. Mientras la casa no esté completamente a flote, yo renuncio a mis sueldos; con esto, usted asegura dos mil pesos de renta a su hija; la señora Aubry, haciendo economías en la casa, encontrará pronto los mil pesos restantes. Para formar el capital de sesenta mil pesos, yo traspaso al fondo social los sesenta mil pesos que usted me ha hecho ganar. Usted podrá colocarlos en el canastillo de bodas, rogando al señor Martholl, que le conceda un pequeño plazo para la entrega de los otros cuarenta mil pesos. De esta manera los novios tendrán algunos años de absoluta seguridad, aunque la fábrica no marche bien, lo que no tenemos que temer, ciertamente.

Dominado por una gran emoción, el señor Aubry murmuró con voz temblorosa:

—Juan, hijo mío, jamás consentiré en que hagas tales sacrificios, jamás, hijo mío... pero te los agradezco; es bueno, es grande, lo que me propones con tanta sencillez; es la acción de un noble corazón. Tú has ganado ese dinero economizando; yo no puedo aceptarlo, sería expoliarte.

—No diga usted eso, mi querido señor... yo sería muy desgraciado. ¡Cómo! ¿no comprende usted mi satisfacción de retribuir en tan ínfimas proporciones, todo el bien que usted me ha hecho? Si Jaime fuera el autor de la propuesta que yo hago, ¿no la aceptaría usted? Confiese que sí, que la habría aceptado. Entonces no rehuse; si no, establecería una diferencia entre Jaime y yo, y ya no le creería yo cuando me llamase su hijo.

—¡Juan, Juan!—se limitaba a repetir el señor Aubry, dominado por la emoción.—¡Si tú también eres mi hijo!