—Permítame hacer la combinación tal como yo la entiendo. Exijo por el momento que usted no se ocupe de nada. Si su cerebro trabajara menos, estaría ya restablecido; tenga, pues, calma, se lo ruego. En cuanto al casamiento de María Teresa, no debe usted retardarlo por miserables cuestiones de dinero. Es imposible que persista en negarse a asegurar la felicidad de su hija por tan fáciles medios.

—¿Su felicidad?... Esto es lo que me preocupa... ¡Si supieras cuánto me hace sufrir la idea de que lo sucedido pudiera perjudicar a mi hija!

—No, no la perjudicará, ni siquiera lo sospechará—dijo Juan con voz enérgica.—Ella no sabrá nada, jamás, de nuestra combinación; las cosas pasarán como si esta catástrofe no nos hubiese afectado... ¡Ah, mi querido señor! ¡todo, con tal que sea dichosa!

—Pero—respondió el señor Aubry, que buscaba un medio de rehusar la oferta generosa de Juan,—tal vez Martholl aceptaría nuevas condiciones... Ama a María Teresa.

—Le ruego no dé ningún paso en ese sentido. No sería proceder con dignidad, créame; eso no serviría sino para arrojar el descrédito en nuestros asuntos. Y además, reflexione, si ese señor desconfiase de las nuevas proposiciones modificadoras de las convenciones, ¿sería bien hecho de nuestra parte llevar la duda al alma de María Teresa? Ella cree en ese hombre, ella lo ama... Querido señor, le suplico que haga sin vacilar lo que le aconsejo.

—Pero, ¿qué será de ti, hijo mío? ¡yo te despojaría! Tú puedes equivocarte. ¿Si a pesar de tus valientes esfuerzos, nuestra casa no se levantase?...

—Piense usted primero en María Teresa, en ella sola; poco importa lo demás. Se trata de ella, no se ocupe usted de mí: yo no necesito de nada. Con tal que yo trabaje hasta mi último día y que usted me guarde un sitio a su lado, viviré resignado, si no feliz...

María Teresa, que no había perdido una palabra de esta entrevista, se sintió incapaz de continuar oyendo; abandonó el gabinete y se refugió en su cuarto para llorar.

Así era lo que Juan quería hacer para que ella pudiera casarse con Huberto. Juan, que si se pareciera a muchos otros hombres, habría empleado su voluntad, en crear obstáculos a su matrimonio. ¡No le bastaba sufrir en silencio! ¡quería además dar cuanto poseía! ¡Qué alma más generosa y noble!

La admiración que sentía la joven por Juan, la hizo notar, sin querer, lo singular que era la conducta poco afectuosa de Huberto. ¿Por qué la rareza de sus visitas coincidía con el mal estado de los asuntos del señor Aubry? ¿Por qué había expresado el deseo de demorar su casamiento? ¿Sería solamente por delicadeza, para dejarla libre de dedicarse al cuidado del enfermo por lo que Huberto había manifestado aquel deseo?