Además, sufría, porque en su rectitud se consideraba en falta. Aquella noche de dolor y de delirio en que las palabras de su padre le hicieron conocer el estado de alma de Juan, había interpuesto una sombra entre ella y Huberto. Muchas veces quiso confiarle la afección creciente que sentía hacia Juan, y referirle los sacrificios que éste quería hacer para que su casamiento no fuese demorado. Pero ¿cómo abordar tal asunto sin cometer una indiscreción respecto a Juan y aparecer haciendo presión sobre el mismo Huberto? Temía humillar injustamente a este último declarándole que no sería su esposa si no la tomaba sin dote, pues no consideraba digno de él ni de ella, aceptar el sacrificio de Juan.
Anhelando salir del laberinto en que sus pensamientos se perdían, no encontraba la senda que su conciencia atormentada le sugería tomar para salir al gran camino donde evolucionaría lealmente.
Mil escrúpulos la detenían; si hubiera estado cierta de que su novio deseaba una ruptura, no habría vacilado en retirar su palabra. Pero Huberto nada había dicho que justificase tan repentino cambio de ideas. Que quisiera romper su compromiso después de seis meses de contraído, por una miserable cuestión de dinero, le parecía una suposición grave e infundada. ¿Por qué sospechar que Huberto se hubiese prendado solamente de su dote? Probablemente consideraría muy natural renunciar a las ventajas pecuniarias que ella podía haberle proporcionado. Por otra parte, no había dejado de observar un cierto despego en su novio, pero esta impresión no era una certidumbre.
Los días de dolor que sobrevinieron, en los que hubo que disputar a su padre a la muerte, la alejaron por algún tiempo de todo lo que no fuera aquella única y piadosa ocupación. Solamente cuando la mejoría esperada permitió, al fin, a toda la familia vivir en una atmósfera de libertad, fue cuando María Teresa volvió a ser presa de las mismas irresoluciones, tanto más cuanto que durante aquellas horas crueles Juan había continuado demostrando una consagración admirable, luchando a la vez contra la ruina y contra la muerte. El pobre Juan al lado de ella se mostraba como avergonzado. Huía de su presencia, no atreviéndose a mirarla. Si sus manos se rozaban, al levantar juntos las almohadas del señor Aubry, él palidecía de angustia, y, en el silencio de la alcoba, María Teresa sentía los latidos precipitados de aquel corazón sobre el cual, una noche, se había apoyado cariñosamente.
—¿Hasta cuándo conseguiría ocultar al joven el lugar, cada día más grande, que ocupaba en su pensamiento?
En cuanto a Huberto, su ausencia se prolongaba. Habiendo sabido la mejoría sobrevenida en el estado del señor Aubry, «la aprovechaba,» había escrito, «para quedarse en Valremont al lado de la señora Husson que quería retener a sus amigos.»
María Teresa no acertaba a juzgar la conducta de su novio, y no se resolvía por lo tanto a romper con él, cuando una conversación la iluminó y le suministró la solución que buscaba.
Desde que su querido enfermo estaba fuera de peligro, ella y su madre recibían a las personas que iban a informarse de la salud del convaleciente. Entre las más asiduas se contaban a la señora Gardanne y su hija. La solicitud de esta última no se refería exclusivamente a la salud del señor Aubry; existía otro asunto que picaba su curiosidad.
Un día, no pudiendo contenerse más, Diana preguntó:
—¿Qué se hace tu Huberto? No se le ve ya por aquí.