María Teresa, confusa, se limitó a responder evasivamente:
—Probablemente viene a otras horas que tú, lo cual explica que no lo encuentres.
Pero Diana escuchaba distraídamente la respuesta a su pregunta; en el mismo orden de ideas, acababa de hacer otro descubrimiento importante.
—¡Hola!—exclamó, señalando el dedo de su prima,—¿ya no llevas tu anillo?
—¿Mi anillo?—dijo María Teresa ruborizándose,—lo habré olvidado en mi tocador.
En realidad, hacía algún tiempo descuidaba intencionalmente ponerse su anillo de novia; había observado que los ojos de Juan eran invenciblemente atraídos por el fulgor del rubí tornasolado, sobre el cual parecían caer todas las caricias de la luz. De manera que por una delicadeza instintiva, no queriendo colocar diariamente ante sus ojos un símbolo que debía afligirlo, no se ponía el anillo. Muchos eran los días que esta joya descansaba en su estuche.
—No se debe quitar el anillo de novios—declaró sentenciosamente Diana.
—¿Qué quieres? He estado tan atormentada, he pasado por tales angustias, que no es extraño que se me haya olvidado de ponerme hoy esa alhaja.
—Eso no es una alhaja, es tu anillo—insistió Diana.
Luego, decidida a ir hasta el fin, en la seguridad de que su perspicacia natural la había conducido sobre la buena pista, continuó: