La pobre señora Aubry, que no tenía las mismas razones que María Teresa para recibir alegremente estas confidencias, quedó desolada. Cuando la señora Gardanne y Diana hubieron partido, llamó a su hija, y su aire afligido probó a María Teresa que su tía y su prima se habían complacido en hacer el mismo relato.

La joven tomó el brazo de su madre, apoyó su linda cabeza sobre el hombro materno, y dijo cariñosamente:

—Querida mamá, puedes estar tranquila, no estoy afligida.

—¿Tú sabes, entonces?

María Teresa se sonrió.

—Que Huberto ha ido a las carreras de Ascot, que ha mentido, y que se divertía mientras nosotros sufríamos. No solamente esto no me desagrada, sino que me llena de felicidad...

La señora Aubry no comprendía. Azorada de oír una confidencia tan inesperada, balbuceó:

—¿Tú eres feliz?

—Mamá, yo no quiero casarme con Huberto Martholl. Desde hace algún tiempo buscaba un motivo para romper nuestro compromiso; no tenía más que el pretexto de mi desafección y me parecía cruel invocarlo; no me atrevía por delicadeza. Pero ahora soy libre. La rara conducta del señor Martholl me deja libre, libre, libre. ¡Qué dicha!

—¿Pero qué ha pasado entonces? ¿Por qué no me has enterado de la transformación de tus sentimientos?