Los comienzos de la nueva cristalería fueron terriblemente penosos: los días de pago eran para el señor Aubry motivo de constantes angustias. Pero después de algún tiempo, los beneficios obtenidos por el incesante trabajo le permitieron construir un segundo horno, luego un tercero, y aumentar el número de sus obreros.
Finalmente, tuvo la suerte de descubrir un cristal mucho más blanco que el Baccarat, que, con un tallado hábil, producía reflejos de diamante.
Este fue el principio de una era de gran prosperidad para la fábrica. Llegó a tener una cantidad de demandas muy superior a la de la antigua casa Bontemps, y, entonces, el nuevo dueño se permitió emprender obras de arte. Se reveló ahí, fabricante de genio, creador de obras maravillosas; así en los vitraux, inspirados en las antiguas cristalerías, como en los vasos y bibelots de alto precio, de formas exquisitas, de coloraciones raras, sus creaciones obtuvieron éxito creciente entre los buenos conocedores.
Seguro de su porvenir, se casó. La mujer que eligió era hermosa, inteligente y buena. Con ella, la felicidad y la prosperidad de la casa se afirmaron, y no huyeron más del hogar del infatigable trabajador.
Hacía doce años que el señor Aubry disfrutaba de esta dichosa paz cuando encontró a Juan Durand. Se le presentaban de improviso sus propios sufrimientos, en el abandono y la miseria del chico. Todo el horror de los tiempos lejanos lo asaltó violentamente, y estos recuerdos dolorosos abogaron con elocuencia en favor del huérfano. El nuevo propietario de la fábrica vio, en este encuentro fortuito, como la indicación de una deuda a pagar a Dios en agradecimiento de su felicidad actual. La fisonomía franca del desgraciado niño le agradó, e hizo promesa de dar a Juan Durand la misma protección que él había recibido de su antiguo patrón.
III
De esta manera fue como Juan entró de aprendiz en la fábrica de cristales de Creteil. El señor Aubry lo confió desde luego al guardián del establecimiento, un viejo obrero inválido, cuya mujer, como no tenía hijos, aceptó gozosa la misión de cuidar al chico. Instalado así en familia, en una pequeña casita a orillas del Marne, Juan se aclimató fácilmente a su nueva residencia. Él, que conocía apenas el Sena, quedó admirado de aquel río que se ofrecía a su constante contemplación. Las hermosas campiñas que lo rodean, lo encantaron al extremo de apresurar la metamorfosis de su ser moral, hasta entonces incrédulo y rebelde. Un sentimiento de inmensa gratitud hacia su bienhechor, lo invadió; todas las noches, al acostarse, murmuraba estas palabras infantiles, a manera de plegaria: ¡Gracias, patrón!
Y dicho esto se dormía en plena felicidad.
Poco tiempo después, Juan era el niño mimado de la fábrica. El patrón lo había recomendado a todos los jefes de sección, y como el chico era inteligente y activo, se granjeó rápidamente la amistad de todos.
Un día, sin embargo, sucedió que un obrero le dio algunos golpes. El estado de ebriedad en que se hallaba no le valió de excusa ante el señor Aubry, que lo despidió. Desde ese día, el sentimiento de Juan hacia su protector se convirtió en verdadera idolatría.