Los actos justos conmueven infinitamente a los niños. Por segunda vez, el señor Aubry hería el corazón de su protegido.

Entretanto el señor Aubry se encariñaba cada vez más con aquel huérfano que le manifestaba tan candorosamente su afecto, siempre que se le ofrecía la ocasión. Pero precisamente porque el señor Aubry comenzaba a interesarse seriamente por el niño, quería formarlo, como había sido formado él mismo, en la escuela austera de la labor ruda. Lo hizo pasar por todos los ramos de la industria cristalera; al propio tiempo lo puso en condiciones de completar su instrucción, a fin de que se convirtiera en un químico bastante práctico para auxiliarlo en sus experimentos, así como también en un dibujante bastante hábil para crear formas originales. Le procuró maestros, le suministró libros y le facilitó todos los medios de instruirse. Juan se mostraba dócil, aprovechaba las lecciones, los consejos, y ponía tanto celo en sus estudios como en el trabajo de operario.

La fábrica fue bien pronto la única ocupación personal de Juan: no la abandonaba sino para concurrir a los cursos de la noche. Se deleitaba en ella; la escudriñaba, la recorría en todos sentidos, cuando, terminado el trabajo, y marchados los obreros, se quedaba solo entregado a sí mismo. Nadie conoció tan bien como el pequeño operario los pasajes secretos ni los rincones del gran establecimiento. Allí estaba en su casa, era dueño de ir donde mejor le pareciera, examinando todo, interesándose por todo, tomando conocimiento de todo lo que existía en ella hasta en los escondrijos más oscuros y olvidados. La experiencia que Juan adquirió viviendo constantemente en esta labor, lo puso en breve al corriente de lo que debe saber un maestro cristalero.

El oficio era duro a veces; pero al chicuelo no le pesaba, contento de hallarse al lado de los grandes hornos rojos que no se apagaban jamás, y que le habían causado gran estupor la primera vez que los vio. No se cansaba de admirar las gruesas y pequeñas puertas, que daban, al parecer, sobre el infierno, y nada para él igualaba la destreza del obrero que soplaba botellas por la extremidad de una caña larga, o moldeaba con hábil ademán el cristal en fusión. Todas las operaciones diversas por las que pasaba la materia transparente, irisada y líquida, lo interesaban con pasión, y de esta suerte se desarrollaba en él una alma de artista, prendado de su arte.

Durante el tiempo de su aprendizaje no dejó un solo instante de tener la más perseverante energía. Para recompensarlo, el señor Aubry lo envió a trabajar algunos meses en las principales cristalerías de Bohemia e Inglaterra, a fin de familiarizarlo con todos los métodos de fabricación, y facilitarle el estudio del alemán e inglés.

En esta nueva faz de su vida la personalidad de Juan se destacó; adquirió en sus viajes por el extranjero, una cierta seguridad, fundada en la posesión de la ciencia de su arte.

Todo esto lo debía al señor Aubry. A medida que avanzaba en la vida, consciente de su felicidad, comprendiendo haber encontrado en su camino al hombre excelente que lo había recogido y educado, sentía hacia su protector una afección sin límites.

Este culto libró a la juventud de Juan de muchas tentaciones. El ascendiente de su patrón lo mantuvo en la vía recta, y con su temperamento laborioso no tuvo que esforzarse mucho para satisfacer por completo, con su conducta, a quien debía todo.

Desde que el señor Aubry hubo apreciado la naturaleza leal y afectuosa del huérfano, no vaciló en admitirlo en su casa, para perfeccionar su educación moral.

La señora Aubry se prestó maternalmente a desempeñar esta tarea; además de ser muy cariñosa con el joven, le dio consejos, lo obligó a vencer su timidez, y lo animó a hablarla como si fuera su hijo y a abrirle su corazón.