Para Juan era una fiesta ir a pasar los domingos y los días festivos en el antiguo hotel de los Aubry de Chanzelles, situado en la calle Vaugirard, frente al jardín del Luxemburgo. Pero el principal atractivo que encontraba allí, era la presencia de los niños de Aubry, Jaime y María Teresa.
Jaime, muchacho gordinflón y bullicioso, se encariñó en seguida con este camarada calmoso y fuerte que se sometía a sus caprichos. Su «amigo Juan» se le hizo indispensable. No tardó el niño pobre y reflexivo en tener una ligera influencia saludable sobre el niño rico. En cuanto a María Teresa, demasiado pequeña para ser otra cosa que un despótico baby, era gran favorita de Juan. Nunca había visto nada tan lindo como esta criatura, deliciosa muñeca blanca y rosada, primorosamente vestida con sedas, bordados y encajes, que le sonreía siempre que la tomaba en sus brazos.
Los nueve años que lo separaban de María Teresa lo convertían en un hombre al lado de ella. Al crecer, la chicuela no dejó de apercibirse de la impresión que producía en Juan, que permanecía extasiado ante su gentil personita, y supo darse aires dignos de una pequeña princesa acostumbrada a mandar y que quiere ser obedecida. Juan, se sometía, sin vacilar, a sus caprichos más fantásticos o imaginaciones más locas. Para contestar a su exigente «señora,» tenía que practicar todos los oficios: encolador de muñecas rotas, remendón de juguetes destrozados en momentos de cólera; unas veces hacía de cochero, otras de caballo, de payaso, de oso, de mago, etcétera. La diversidad de sus profesiones encantaba a la chicuela.
El apego que los niños demostraban hacia su amigo, hizo más necesarias sus visitas a la casa. María Teresa y Jaime esperaban con impaciencia el domingo, día en que Juan llegaba con los bolsillos llenos de bibelots de cristal, fabricados expresamente por él. Si, por acaso, Juan no podía salir de la fábrica, la presencia de sus primos Bertrán y Diana Gardanne no bastaba a consolar a los niños de la ausencia de su gran camarada, tan ansiosamente esperado, y que tenía el secreto de divertirlos sin contrariarlos jamás. Se entristecían y no jugaban.
Bien pronto, para complacerlos, Juan fue llevado más a menudo al hotel de la calle Vaugirard. Después, poco a poco, sus buenas condiciones le atrajeron la simpatía general, y el señor y la señora Aubry, habiendo observado que aprovechaba inteligentemente sus consejos, lo consideraban como miembro de la familia.
Transcurrieron los años. Juan se hizo un buen operario. Gracias a su amor al trabajo y a su disposición para los negocios, obtuvo un puesto preferente en la fábrica. El señor Aubry, que lo apreciaba cada día más, concluyó por nombrarlo subdirector para procurarse algún descanso.
El señor Aubry no tuvo que arrepentirse de su determinación; comprobó muy pronto que Juan poseía dotes naturales que no se adquieren fácilmente: cualidades de iniciativa y grandes condiciones de administrador. El joven se convirtió en su alter ego, en quien podía confiar con toda seguridad. Juan sería el continuador de su obra.
Su naturaleza leal, su espíritu estudioso, su vida entera pasada en la fábrica y en la intimidad elegante de la familia de los Aubry, le habían formado una personalidad atrayente. Nada de ficticio había en él; marchaba en el mundo sin preocupaciones y sin artificios. A los veintinueve años representaba el tipo del hombre que por el doble trabajo de sus manos y de su cerebro, llega a la plena posición de una individualidad superior. Era un hombre fuerte: podía ganarse la vida con su labor manual; era un intelectual también: merced a los conocimientos adquiridos, su inteligencia creadora había sabido encontrar formas nuevas en un arte antiguo.
Para Juan el mundo estaba circunscripto a la fábrica y a la familia de Aubry; pero si no había sentido tentaciones de ampliar este círculo estrecho, de buscar fuera de él, el ideal a que todo hombre aspira, era porque lo tenía en ellas. Desde hacía muchos años, su pensamiento se había acostumbrado a gozar con la presencia de María Teresa, y la influencia misteriosa de la joven se afirmaba en él de una manera lenta, oscura, inconsciente, pero segura.
Mientras Juan se absorbía en esta vida seria, como la juventud dichosa y alegre de Jaime y de su hermana, exigía mayor expansión, los Aubry transformaron poco a poco su género de existencia; recibieron más gente, y un elemento nuevo, muy mundano, hizo su aparición en aquel hogar hasta entonces casi austero.