A Juan le fue dado contemplar los más hermosos ejemplares de la gente del gran mundo, de la que había oído hablar, pero que desconocía. Todos aquellos desocupados, aquellos inútiles, se daban delante de él aires de gran importancia, que en un principio no le chocaron; pero, como era muy observador, sintió en breve cerca de ellos un sentimiento de inferioridad que le hizo pensar. Se apercibió de que su aspecto y sus maneras, contrastaban con las de aquellos jóvenes tan seductores exteriormente. Se veía en seguida que no habían sido obreros, ellos. Sabían vestirse con gusto, presentarse de una manera especial, hablar un lenguaje refinado, en fin muchas cosas que revelaban la casta privilegiada de que procedían.
Entonces, poco a poco, Juan se replegó sobre sí mismo y se alejó de la casa, para huir de estos contactos dolorosos.
Los Aubry que lo querían mucho, atribuyeron primeramente a su carácter huraño, su obstinación en no aparecer por el hotel sino cuando sabía que estaban solos; redoblaron sus atenciones hacia él, pero dejaron que procediese a su gusto, sin sospechar el sufrimiento que, de improviso, lo había embargado. ¿Cómo podían conocer su pesadumbre, ellos que tenían a Juan por un hombre fuerte, resuelto, superior a las vanidades humanas? Lo colocaban demasiado alto, de donde, su estimación se hacía cruel. El corazón sensible, el sufrimiento del hijo adoptivo, escapaba a su penetración, y Juan se sorprendía de sentirse, de pronto, tan lejos de ellos.
Pensaba:—Me han salvado de la miseria, me han hecho hombre; si yo enfermara se alarmarían, pero nunca adivinarán el dolor moral que me ahoga... ¿Conocerán nunca mi corazón? ¡Ah! si supieran hasta qué punto sus bondades han desarrollado la sensibilidad de este corazón, si supieran cómo los amo. ¿No se sorprenderían de mi audacia?
Y con el alma destrozada, el espíritu quebrantado, el pobre joven, desalentado, exhalaba su ternura desconocida, murmurando:—¡María Teresa... María Teresa!
¿Cómo, por qué María Teresa, con su instinto de mujer, nada había visto? Porque era dichosa y nada atrofía tanto el corazón como la felicidad. Sólo la desgracia desarrolla la sensibilidad. Además, la joven estaba tan habituada a los cuidados, a las atenciones de Juan, que le parecían perfectamente naturales. ¿No habría acaso también en el fondo de aquel ser de gracia y de belleza, algún otro sentimiento? Aunque Juan se hubiera transformado, ¿no permanecería siendo para ella, el hombre del pueblo que debía su elevación a la generosidad del señor de Chanzelles? Ciertamente, María Teresa no manifestaba claramente esta especie de menosprecio; pero su atavismo y su educación aristocrática, ahondaban el pozo que separaba a ella de Juan. A medida que transcurrían los años, la fuerza de las cosas tendía a separarlos. Juan tenía conciencia de esto, mientras que María Teresa, acostumbrada a la adoración respetuosa de su amigo, la aceptaba como un testimonio del reconocimiento grabado en el corazón del niño salvado en otro tiempo por su padre.
Así, cuando algunos días después del baile, Juan acompañó a los Aubry de Chanzelles a la estación, la joven no se sorprendió de encontrar un ramo de soberbias rosas, cuyos tallos desaparecían en un artístico vaso de cristal, en el vagón que el señor Aubry había encargado para el viaje, como tampoco se admiró de hallar helados de aromas variados, en las pequeñas cajas de metal blanco, que Boissier ha puesto a la moda en el teatro.
Dijo simplemente:
—Usted me mima demasiado, Juan. Gracias, amigo mío.
Y como él se excusase respondiendo fríamente: