—Esto es completamente natural; yo sé que a su mamá le gustan las flores.
—Pero ¿y los helados?
—¡Oh! no me he olvidado que cierta señorita era muy golosa, en los tiempos lejanos en que me convidaba a sus banquetitos, a condición de que yo no comiese nada.
Se rieron. Luego, María Teresa repuso:
—Yo ya no soy golosa...
—¡Pero aun le gustan los helados!
—Juan, usted se ha puesto insoportable. En penitencia, tome usted esta rosa, que la llevará consigo todo el día, para que le recuerde que ha sido mordaz con su antigua amiga... ¡Vamos, adiós!
Subió ligeramente al coche, y cerrada la portezuela, bajó el vidrio y tendió su mano al joven; él, en equilibrio sobre el estribo, la tomó en la suya. Permanecieron un momento silenciosos, unidos por aquel débil lazo. Un estridente silbido hizo retroceder bruscamente a María Teresa. Juan saltó al andén, la contempló durante un instante con pasión y saludando por última vez se perdió entre la multitud.
Mientras el tren se ponía en movimiento, la señora Aubry murmuró:
—¡Qué excelente joven es Juan!