—¡Ciertamente! Y hombre de gran mérito, además, querida esposa.
—Sí, un excelente amigo, madre. Para mí es como un hermano mayor, más atento que Jaime, pero a veces un poco severo... ¿no es verdad, papá?
—Es todo un hombre... Alcánzame el diario, hija mía.
María Teresa le entregó el diario, riéndose del aire de convicción con que el señor Aubry había pronunciado: Es todo un hombre...
—Evidentemente, es un hombre, no lo dudamos... pero a mí me quieres más, ¿cierto, papá querido?—dijo besando a su padre.
El recuerdo de Juan estaba ya lejos de ellos. Entretanto, el pobre joven caminaba sin ver la gente que pasaba a su lado, sombrío de desesperación.
—¡Dios mío!—murmuraba en su interior—¡cómo librarme de la constante, de la abrumante idea que me domina! Mi corazón sufre hasta convertirme en un alucinado. ¡Ella no pensaba en nada al darme por última vez la mano!... ¡Pero yo, yo! ¡Con tal que no haya sentido el estremecimiento de la mía! ¡Si por mis imprudencias fuera a perder su confianza! ¡Ah, no; todo menos eso!
Y un pesar tan grande lo invadía, ante la sola idea de permanecer tres meses sin verla, que había preferido seguir sufriendo como en el tiempo pasado, a la angustia de la hora presente.
IV
Los Aubry dejaban, pues, a Creteil, en los primeros días de julio, para instalarse en su villa de Pervenches.