Después de haber obtenido la promesa que exigía, la joven subió alegremente a su cuarto, y escribió en seguida a Martholl.

XIX

De regreso de Londres, la víspera, Martholl se despertó de muy mal humor. Lo primero que se presentó a su espíritu fue el pesar de haber perdido una fuerte suma de dinero en las carreras de Ascot, donde había visto desaparecer sus esperanzas con el caballo que las llevaba.

Huberto no era jugador liberal; hombre de orden, adorador del dinero, detestaba el perder. Había jugado en Ascot por espíritu de imitación, para no ser menos que los amigos que lo rodeaban; pero como la pérdida que había sufrido iba a desequilibrar su presupuesto durante algún tiempo, su disgusto era profundo. La escasez de dinero que lo amenazaba, lo hizo pensar en la desagradable vida que pasaría si, en el curso de su existencia, se viese obligado a imaginar sin cesar combinaciones financieras, a fin de vivir decentemente. ¡Gran Dios! qué dificultades tendría, si no se casaba con una mujer rica.

—María Teresa es encantadora—se decía,—pero cuanto más reflexiono, más me convenzo de que sería una locura casarme con ella en las circunstancias actuales.

Somnoliento todavía, abrió los ojos, miró a su alrededor, y experimentó una sensación de vivo placer al contemplar las cosas confortables y elegantes que lo rodeaban.

—¿No soy feliz así?—pensaba.—¡Casarme, para llevar una existencia agradable, exenta de preocupaciones pecuniarias, pase! Pero ir a encerrarme en un pequeño departamento, ser mal servido por un personal reducido ¿cómo resignarme, a menos de estar loco?

Y, como Huberto era razonable, se absorbió en meditaciones para encontrar el medio de esquivarse.

En aquel piso bajo, amueblado en un estilo inglés muy puro, época de la Reina Ana, la vida interior se desarrollaba según las reglas de un reglamento severo, completamente británico. Huberto fue interrumpido en sus reflexiones por la entrada de un criado, inglés, como los muebles, que le traía el té y el correo.

El joven echó sobre su correo una mirada distraída, pero habiendo notado entre las cartas y los diarios un amplio sobre sellado con lacre blanco, hizo un gesto de inquietud.