—¡Una carta de María Teresa!—murmuró sorprendido.—¿Qué me escribirá? ¿Estará inquieta por mi ausencia? ¡diantre! esto no concuerda con mi proyecto de concluir.
Rompió el sobre y leyó:
«Voy a decirle adiós, Huberto, y espero que su pesar no será grande. No quiero abusar de su buena fe; he dejado de ser la María Teresa de quien usted gustó, hace un año. Los acontecimientos de este último tiempo han aclarado mi inteligencia y me han hecho ver que nuestros gustos son tan contrarios, nuestro modo de pensar tan opuesto, que es mejor que renunciemos a unir nuestros destinos. Tenemos una manera demasiado diferente de concebir el empleo de nuestros días. ¡He reflexionado mucho, he tratado igualmente de conformarme a sus deseos, y encuentro que no me divierto nada, divirtiéndome! Estoy cierta que usted no amaría mucho tiempo a una compañera tan poco aficionada a la gran vida. Créame, hemos equivocado el camino.
»Tengo, pues, escrúpulos de privar a alguna joven, hermosa y encantadora, de una posición que yo ocuparía sin ningún placer, en tanto que para ella sería, fuera de duda, una fuente de distracciones y alegrías.
»Otra razón me decide a hablarle a usted así. ¿Recuerda los proyectos para el porvenir que formábamos juntos? He deducido en ellos este hecho singular: yo no era para usted más que un accesorio de la decoración de sus fiestas. Jamás me dijo: «usted será mi amiga, mi compañera amante y fiel; ¡qué placer tendré en gozar a su lado de la paz del hogar y del encanto de la intimidad!»
»No me equivoco, ¿verdad? afirmando que jamás ideas tan mundanas fueron formuladas por usted. Por el contrario, usted me decía: «Haremos gran vida; recibiremos mucho, saldremos más, aprovecharemos los yates de nuestros amigos, y, si heredamos a la Condesa de Husson, tendremos caballos de carrera. ¡Un stud! Este es mi sueño.» ¡Ay! ¡pero no es el mío! Cada vez pienso y me convenzo más de la imposibilidad de ligarme a una existencia semejante. Además, su realización, depende de una condición esencial: mucho dinero. Yo no soy indispensable... Una compañera más mundana, que forme hermosa pareja con usted en esa vida de alegría, no le será difícil encontrar. En cuanto a que yo sea esa compañera, es, actualmente, irrealizable en absoluto, por esta razón convincente y muy sencilla: no tengo dote. No tengo dote, porque rehúso recibir la que quiere darme mi familia.
»Mi padre me adora, usted lo sabe, y, a pesar del mal estado de sus negocios, se impondría los más duros sacrificios para asegurarme la dote y la renta prometidas... ¿No juzga usted que sería odioso que la vida de trabajo sobrellevada por mi padre no sirviera sino a mantener en el lujo y en los placeres a dos personas jóvenes y fuertes, mientras él debería continuar su dura labor, y condenarse a una existencia mediocre o incómoda? Seguramente, usted piensa como yo: seríamos despreciables si aceptásemos tal situación.
»Cierto, no lo pongo en duda, usted es bastante gentleman para tomarme por esposa sin dote; pero mi padre no lo consentiría, se considera obligado por su formal promesa. Así es que, como usted ve, en esta alternativa no me queda más que decirle adiós.
»Durante algún tiempo he sido la novia de su selección; esta preferencia no ha dejado de envanecerme; es una especie de estimación de mi humilde persona, que me da algún valor, y del cual haré don a mi marido.
»Espero que ya estará completamente tranquilo por la salud de su amiga, la señora Husson, que tantas inquietudes le causó. ¡Qué buena idea ha tenido para restablecerse, de hacerse acompañar por usted a Ascot, en los días de carreras!»