Y la carta terminaba con un correcto y trivial adiós. Cuando terminó la lectura, Huberto se sintió algo indignado. Consideraba casi una afrenta la iniciativa de María Teresa para deshacer sus esponsales. ¿Lo creía, pues, incapaz de casarse sin recibir dote?
Pero en seguida se sonrió de este último resto de caballerosidad que había brillado en su interior. ¿No quedaba todo bien arreglado así? La carta lo libraba de un gran compromiso. La releyó, pesó las palabras y analizó las frases...
La que había escrito aquellas líneas tan mesuradas, tan finamente irónicas, parecía bien determinada a persistir en su resolución; ni un arrebato que revelase cólera de celos, ni reproches exigiendo explicaciones, ni emplazamientos de ninguna clase. Evidentemente no le despedía con la secreta esperanza de atraerlo. Estaba sorprendido, y no comprendía aquel carácter de mujer. Por un instante, su fatuidad se rebeló de lo poco que lo sentían. Sin embargo, pronto volvió a sus sentimientos prácticos y agradeció a María Teresa el haber sabido comprender sus intenciones.
¡Qué inteligente, fina, llena de tacto y espiritual era aquella María Teresa! Lástima grande perderla. Pero consideró que se enternecía inútilmente. Puesto que los acontecimientos se imponían, él no tenía más que inclinarse.
Los rayos de sol que brillaban sobre la bandeja de plata, atrajeron sus miradas.
—¿Otra carta?—dijo, tomando un sobre.—¡Ah! es de la señora de Husson.
Y leyó:
«Amigo mío:
»Esta noche comeremos en Armonville. He resuelto hacer locuras; en seguida iremos a la fiesta de Neuilly. Cuento contigo y con dos o tres amigos más, para que nos acompañen. Es una fantasía de mi amable niña Watkinson. No dejes de ser exacto. A Armonville, esta noche, a las ocho.—Tu vieja amiga—Matilde Husson.»
La señora de Husson, segura de la aprobación de la señora Martholl, no ocultaba sus proyectos. Había mirado siempre con malos ojos el casamiento de Huberto con la señorita Aubry. Habiendo decretado que el joven no se casaría sino bajo sus auspicios, su compromiso, contraído sin que ella hubiera tenido en él la menor participación, no le pareció nada ortodoxo. De aquí que repitiera sin cesar que Huberto y sus «esperanzas» valían una fortuna mayor. Enterada de los incidentes desagradables ocurridos en la familia Aubry, unió sus esfuerzos a los de la señora de Martholl, para que Huberto no cometiera la falta de entrar en una familia amenazada por la ruina.