Sentado delante de la mesa de trabajo, fastidiado de todo, en un abatimiento físico y moral angustioso, como nunca había sentido, seguía con la mirada distraída las nubes negras que invadían poco a poco todo lo que quedaba de cielo azul. Y semejantes a aquellas nubes, sus ideas sombrías chocaban entre sí, torturando su cerebro.

El esfuerzo tentado, el abandono completo de sí mismo, la abnegación llevada hasta el martirio ¿de qué servían? Cada día, con toda injusticia, sentía más pesado el fardo de su aislamiento. ¿Por qué también había dejado que aquella pasión lo dominase hasta el punto de quebrantarlo? Juan veía con terror desvanecerse su valor y su fe en el porvenir. Sabía que jamás conocería la felicidad. Una sola cosa subsistía todavía a sus ojos: la necesidad de cumplir su deber por gratitud al señor Aubry. Esta idea lo mantenía fiel en su puesto.

A menudo se reprochaba el dejarse vencer por un pesimismo peligroso. Ante su impotencia para encontrar la calma, la energía de su voluntad desamparada se acusaba de debilidad y de egoísmo; pero no podía dominar su tristeza creciente. La preocupación de los negocios tenía al menos esta ventaja: que distrayendo su espíritu, le hacía olvidar momentáneamente, su pesar; pero ese recurso desesperado le faltaba desde que la tranquilidad de los trabajos ordinarios reemplazaba en él a la fiebre del recargo de tarea de los últimos meses, y que, libre de inquietudes pecuniarias, veía a la fábrica prosperar de nuevo.

Pero ¿sería el enervamiento causado por sus fatigas? Ese día sentía impulsos de rebelión desconocidos en su alma. Los paseaba, sin poderlos disipar, entre aquellos muros donde había crecido; erraba, desamparado, en aquella fábrica que contenía todo su pasado, retenido por la fuerza del hábito y por el deber, buscando en todos lados sus viejos recuerdos.

Cada evocación del pasado, le refería su amor, la alegría, el sol de su juventud.

En uno de aquellos hornos ¿no había él mismo fabricado toda una minúscula vajilla de muñeca? Recordaba, como si este recuerdo hubiera datado de la víspera, su felicidad al recibir en pago de la sorpresa hecha a la niña, los frescos besos de su boca rosada. Siempre, en todas partes, era ella, que aparecía, siempre ella. ¿Qué hacer para olvidarla?

¿No alcanzaría jamás el reposo del espíritu sino en el olvido, aun no volviéndola a ver?

Planteó el problema de lo que haría cuando ella estuviera casada y se llevara lejos todos los sueños de amor fundados sobre ella. Le pareció que le sería imposible vivir sin aquella presencia, cuyo encanto lo tenía embelesado desde hacía tanto tiempo. Entonces, en un acceso de rabia interior, sintió haberse sacrificado. ¿No debía más bien haber dejado cumplirse los acontecimientos y que la casa se hubiera derrumbado? María Teresa sin dote ¡quién sabe lo que habría sucedido! Por lo menos, ella hubiera visto lo que era capaz de hacer por ella aquel Juan que desdeñaba. Él se habría puesto a trabajar con encarnizamiento a fin de reconstituirle una fortuna.

Desalentado nuevamente, pensó:

—¿Para qué? María Teresa no me ama, y yo no puedo modificar su corazón.