La última vez que había visto a la joven fue en la estación del ferrocarril de Saint-Lazare.

Cinco semanas hacía que los Aubry habían partido para Etretat, por haber aconsejado el médico que el convaleciente tomase los aires del mar. Mientras Juan ayudaba a los viajeros a acomodarse en el vagón, éstos le demostraron, al darle el adiós, un extraordinario cariño, lleno de emoción; guardaba como un tesoro la visión de la radiante sonrisa de María Teresa, y la durable presión de su mano.

Pero ¿era esto sorprendente? ¡Bah! los Aubry eran bastante inteligentes para comprender el prodigio que acababa de hacer por ellos. Ella también, sin duda, le guardaba mayor afección, agradecida a los cuidados prodigados a su padre y al éxito de sus esfuerzos para salvar la cristalería. ¿Y no era una gracia suprema que demostrase haber olvidado las palabras locas en que dejó escapar su secreto, en una noche de fiebre y de angustia? No, ella no comprendería jamás cuánto la amaba.

Y ahora, ¿cuándo la volvería a ver?

Huberto Martholl se había reunido a ellos, indudablemente. El casamiento no podía demorarse más, puesto que el señor Aubry estaba ya bueno y los asuntos arreglados... ¡Ah! ¡los terribles, los dolorosos celos atenazaban el corazón y el cerebro de Juan, cuando evocaba aquella hora tan próxima! Se desesperaba por encontrar algo que le impidiera pensar en aquellos novios felices, reunidos allá en Pervenche, entre una decoración de flores, de vegetación, de savia calentada por el estío... Y el desgraciado desfallecía de dolor.

Como se levantase para ir a la ventana a respirar un poco el aire fresco, golpearon a la puerta. Era un criado que le traía un telegrama. Juan lo abrió, presintiendo que venía de Etretat; leyó:

«Tengo necesidad de ti, ven inmediatamente, esperamos.——Aubry.»

Juan quedó estupefacto. ¿Para qué podían necesitarlo? ¿Por qué llamarlo así bruscamente? ¿El señor Aubry habría recaído en su enfermedad? El laconismo del telegrama lo alarmaba.

¿Volver a Pervenche?... era un sufrimiento moral superior a sus fuerzas. Pero, en breve, la idea de aproximarse a María Teresa, de verla, de satisfacer así su único deseo, lo hizo sobreponerse a sus recelos y temores.

El día estaba demasiado adelantado para que pudiese partir aquella misma noche; telegrafió que iría al día siguiente. Llamó a Rousseau, el viejo jefe de talleres, y le dio las instrucciones necesarias para que nada se perturbase mientras él estuviera en Etretat. En seguida hizo sus preparativos para el viaje.