Al día siguiente, durante la inacción forzosa del viaje, Juan permanecía absorto, inquieto por el llamamiento del señor Aubry, y perdido en la contemplación interior de María Teresa. Entre este tormento y este goce, se hallaba tan absorto en sí mismo, que nada del exterior atraía sus miradas. No veía la campiña normanda huir ante sus ojos en la opulencia de sus ricos cultivos, ni notaba la atención hacia él de una joven que viajaba en el mismo compartimiento. ¡Qué le importan los campos fértiles y las lindas mujeres! La intensidad de su amor lo apartaba de todo. La fiebre devorante del amor, que es la vida de los fuertes, lo dominaba. Cada día amaba más a María Teresa; ella lo sabía, y, sin embargo, dentro de algunas semanas sería la mujer de otro...
Este tenaz pensamiento hacía palidecer su semblante, y daba a su mirada una expresión singular.
De pronto cree comprender: lo llaman porque el señor Aubry, estando aún convaleciente, no puede ocuparse de las formalidades del casamiento; lo esperan para encargarle la práctica de estas diligencias. He ahí por qué debe dejarlo todo y acudir apresuradamente; esta razón de su viaje le parece tan simple, que se sorprende de que no se le haya ocurrido antes. Pero esto es superior a sus fuerzas, y esa misión rehusará cumplirla; ¡no! ni por el amor a María Teresa, desempeñaría ese oficio; sería demasiado doloroso. Si se exige eso de él, recurrirá a Jaime, su amigo, su hermano, que le evitará ese martirio.
Al fin, Juan llega; el tren para, y poco después, el coche de los Canzelles se detiene en el vestíbulo de la villa; un criado, de pie, cerca de la puerta, toma la maleta de Juan, en tanto que éste, ansioso, le interroga:
—¿Cómo está el señor Aubry, Francisco?
—El señor Aubry está muy bien, el aire del campo lo restablece, tiene ya muy buen semblante. ¿El señor Juan quiere subir a su cuarto? Todos han salido; sin duda no esperaban al señor hasta la noche.
Juan sigue al criado.
En su cuarto, el mismo que ocupó el año anterior, los recuerdos vuelven a acosarlo. El tiempo no ha hecho más que agravar su mal, puesto que lo irremediable va a cumplirse.
Mientras cambia de traje, sus ojos ven en el espejo una imagen que le sorprende. El hombre reflejado allí no está tan alejado de la elegancia de aquellos que antes envidiaba. Se sonríe con burla.
Empezó a comprender por qué atraía la atención de aquella joven del vagón; este éxito se lo debo a mi nuevo sastre. Después de todo, puesto que las mujeres son sensibles a las formas exteriores de una elegancia que se puede comprar ¿por qué no habré tratado antes de parecerme a los que les gustan? Pero loco, triple loco, bien puedo convertirme en el hombre mejor vestido de París y de Londres, mas ella verá siempre detrás de mi traje al huérfano recogido por caridad, al obrero que se quemaba las manos...