Juan se aproximó, y, tratando de afirmar su voz, le dice:

—Buenos días, María Teresa, ¿su papá sigue bien, verdad? Al llegar, he tenido, por Francisco, buenas noticias. Esto me ha tranquilizado; su telegrama me había alarmado mucho.

Mientras él habla, la joven se ha serenado.

—Sí, la calma, el reposo, le han hecho gran bien. Nada sirve como el campo y el aire del mar para los convalecientes. Y usted, Juan, ¿no necesita también un poco de este aire vivificante, después de tantas penas y fatigas?

—¿Es por esa razón por lo que su padre me ha llamado? ¿Cree usted, realmente, que yo encontraré aquí... en estos días... el reposo que podría serme saludable?

María Teresa, dueña de sí misma ahora, dijo sonriendo con coquetería:

—Yo lo creo, Juan; lo creo tan firmemente, que soy yo quien le ha telegrafiado. ¿Dónde estará usted mejor que con nosotros? ¿no somos su verdadera, su única familia? Hace usted muy mal en hacerse de rogar para venir, cuando sabe que lo queremos tanto... ¡No, no proteste!—exclamó con alegría, golpeando suavemente con una flor el brazo del joven, que se estremeció al contacto de aquella caricia.

Y, después de un malicioso suspiro ahogado, añadió:

—Yo sé: los hombres son así; nos aman y nos descuidan... es su manera de ser... ¡hay que resignarse a tomarlos como son!

—¡Ah, María Teresa, María Teresa!—rugió sordamente la voz de Juan,—¿por qué juega usted con mi dolor? ¿Por qué ha tenido la crueldad de llamarme? Su alegría me mata...