La fisonomía atormentada de Juan tenía una nueva belleza. Como María Teresa lo miraba conmovida, él continuó:
—¿Cree usted que soy tan fuerte que pueda resistir al suplicio de verla al lado de otro? Dígame, ¿para qué me ha llamado? ¿en qué puedo servirla? ¡Ah! si es la amistad de ustedes lo que me ha arrancado de Creteil, usted por lo menos, usted que sabía... ¿por qué no encontró un pretexto para evitarme este viaje? Usted es cruel... cruel...
María Teresa puso su mano en la de Juan, murmurando:
—Déjeme así... como antes, cuando yo era chica, y caminemos un poco ¿quiere?
Lo lleva, silenciosa, a través del jardín, hacia la terraza que domina el mar. Allí le dice, con una expresión de voluntad reflexiva:
—No, yo no soy cruel; yo quería verle, Juan; necesito su presencia; los días me parecen largos sin usted... ¡espantosamente largos!
Juan la contempla sorprendido, hasta el punto de que, sólo después de un largo silencio, pronuncia lentamente estas palabras:
—¿Los días le parecen largos?... ¿qué me dice usted?... ¿no está aquí el que usted quiere?
—Ahora sí...—dijo la joven.
Pero en seguida, con aire grave, añadió: