—Juan, tengo una importante confidencia que hacerle. Desde hace dos meses he dejado de ser la novia de Huberto Martholl, me he desligado de las promesas que nos unían...

Una palidez mortal se extendió por el rostro de Juan, y todo su cuerpo tembló.

—¡Me vuelvo loco!—balbuceó.—No comprendo... diga, ¡ah! diga...

La joven continuó:

—Es bien sencillo lo que pasó en mí. Me convencí de que me había equivocado, que nunca había amado a Huberto.

—¿Que usted no lo amó nunca?... Nunca...—repetía Juan.—Entonces ¿cómo fue su novia?

—¿Acaso lo sé yo? Influye tanto el azar en nuestras determinaciones... Confieso que en un principio Huberto no me disgustaba... ¿qué razón había para que le rechazase? Yo no sabía que otro me amase... otro... Todo esto es bien simple... muy triste también... No hay que guardarme rencor, Juan. ¡Vivimos tan futilmente nosotras, las jóvenes! nos conocemos apenas; no sabemos dirigirnos, y nadie nos guía en la educación de nuestro corazón; nuestras madres no se atreven... nada es, pues, más fácil que confundir un sentimiento trivial con el verdadero amor.

—Es cierto... Lo que usted dice es justo y cierto... ¡Ah, María Teresa, María Teresa!...

Y trastornado, Juan balbuceaba:

—¡Libre, usted es libre!