La joven respondió:
—No, Juan, no, yo no soy libre; si me he desligado, es porque, durante mis frías relaciones con Martholl, conocí que todo mi corazón pertenecía a otro...
—¡A otro!
—¡Ah! Juan, ¿no adivina usted?
Como alucinado, él la miró, y en la turbación, en la emoción visible de su amada, lee la confesión que sus labios no se atreven a pronunciar.
Enloquecido, la atrae hacia sí en un movimiento apasionado.
—¡Será posible! ¡María Teresa, le suplico, hable! dígame que soy yo... ¿es posible? ¡yo!... ¡yo!
Entonces la joven inclinó su cabeza sobre el hombro de Juan, y murmuró en un soplo:
—...¡Sí, Juan, es usted!
Una especie de deslumbramiento hace caer a Juan sobre un banco, y le quita las fuerzas de abrazar aquel cuerpo encantador.