Entonces, tomando las manos de María Teresa, de pie ante él, la contempla con toda su alma, y ella lee en la cara del joven la intensidad de su emoción. Está transfigurado; el oro del sol se refleja en sus negras pupilas, y una palidez de ámbar cubre sus mejillas; una felicidad sobrehumana resplandece en aquel rostro, cuyos labios son impotentes para pronunciar palabras.

—¡Es, pues, cierto!...—repite,—¡yo! ¡yo!

Ansioso o incrédulo, no pudiendo creer en tanta felicidad, se pregunta:

—¿Cómo es posible que sea para mí esta dicha inmensa... que no he merecido?...

—No, Juan, yo he conocido en usted la grandeza de la energía, la hermosura del espíritu de sacrificio, y usted ha penetrado en mi corazón haciéndome admirar la nobleza de una alma generosa dedicada al deber y al trabajo.

—¡Oh, María Teresa!—exclamó él, atrayéndola hacia sí en un arrebato de todo su ser,—¿puedo decirle entonces cuánto la amo? ¡María Teresa! yo la adoro... mi amada, mi bien amada; ¿no teme usted que sean demasiado rudos estos brazos que la estrechan?

—No, Juan, puesto que yo le amo...

Y la joven inclinó su cabeza sobre el corazón de su novio. En un ademán de protección y amor, él la rodeó con sus brazos y la estrechó con ardor silencioso.

Aquel abrazo grave y fuerte llenó de dulce emoción a María Teresa; se sentía segura como en un estuche, entre aquellas manos cariñosas y potentes. Percibía las palpitaciones del corazón de su novio; su fuerza, su frecuencia, el fluir tumultuoso de la sangre en las arterias, entonaban, para ella, un himno sagrado y triunfante.

Presentía cuánto ideal y generosa energía llevaría, por el don de sí misma, a la vida de su amado.