Era cierto: Juan aprisionaba su sueño entre sus brazos; tenía estrechada contra su pecho a la mujer únicamente amada. Esta posesión, exaltando su alma, lo hacía capaz de acometer las más grandes obras humanas.

Largo tiempo, de pie en la terraza, permanecieron entrelazados...

*

El horizonte infinito se extendía ante ellos. En el mar el sol trazaba un surco de oro que, semejante a un camino luminoso, empezaba a sus pies, para perderse en la inmensidad; les pareció el símbolo de la senda que se abría para ellos y que seguirían en adelante.

Una emoción intensa los embargaba. Confundían aquella claridad con la irradiación de la felicidad que inundaba sus almas; se imaginaban que aquella luz emanaba de ellos para esparcir la alegría por el mundo.

No se equivocaban; el amor es la antorcha que ilumina a la triste humanidad, lo único que siembra algunas chispas de alegría y embriaguez en el fragoso camino que seguimos desde la cuna hasta la tumba.