—¡Bah! ¡no creo que sea tan grande el perjuicio!

—¿Es usted, Mabel, quien tuvo la buena idea de traerlo por aquí?—preguntó Juana de Blandieres.

—Sí, ha venido a vernos.

—¿Se quedará mucho tiempo?

—Creo que unos quince días.

—¡Oh! no es mucho; habrá que decidirlo a pasar toda la estación; hay tan pocos flirts interesantes...

—Ya verá usted qué chic es—dijo Diana.—Pero, ahí viene con Platel: puede empezar a contemplarlo.

—Hacia el extremo de la larga avenida, dos jóvenes avanzaban. El uno era pequeño y nervioso, hablaba con vivacidad, poniendo toda su persona en movimiento, de aspecto alegre y fino; el otro, alto, frío, era infinitamente más elegante.

Cuando se aproximaron para saludar a las jóvenes, todas ellas los recibieron con el aire de contento que se demuestra al ver llegar al fin a quienes se espera.

—¡Y bien! ¡pueden ustedes alabarse de haberse hecho desear!—dijo aturdidamente Diana, después de la presentación de Huberto Martholl;—hace una hora que suspiramos por turno: ¿Vendrán? ¿Les has avisado? ¡Con tal que no se hayan olvidado! Me gustaría ser esperada con tanta ansiedad.